El equinoccio de primavera

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El pasado 20 de marzo de 2019, a las 22h58m, hora peninsular, comenzó la primavera en este año de 2019. Los que tenemos una edad y, de momento, buena memoria, podemos recordar que, cuando estudiamos en la escuela las estaciones y memorizamos la primavera, el verano, el otoño y el invierno, se nos dijo como verdad inmutable, que la primavera comenzaba el 21 de marzo. Para los niños de hoy la cosa cambia. Tanto para los que fueron a la escuela entre 2008 y 2019 y los que irán entre 2019 y 2102, la primavera no comenzará el 21 de marzo, sino que lo hará la mayoría de los años el 20 de marzo. Y para un mayor desconcierto del respetable, entre los años 2044 y 2097, habrá años en los que la primavera comenzará el 19 de marzo. ¿Nos hemos vuelto locos? ¿Cómo son posibles estos cambios en unos cielos que, aparentemente, son inmutables?

Intentemos resolver, desde un punto de vista científico, este aspecto tan inquietante. Para ello, lo primero de todo es entender bien qué es, por definición, la primavera astronómica: la primavera empieza cuando la Tierra pasa por el punto de su órbita conocido como equinoccio vernal o punto de aries, momento en el que se cruzan los dos planos definidos, uno por la propia órbita terrestre y otro por el ecuador. Dicho de otro modo, que en realidad es el mismo, pero que se entenderá mejor: es el momento en el recorrido de la órbita de la Tierra alrededor del Sol en el que los rayos solares caen perpendiculares sobre el ecuador y horizontalmente en los polos.

Que los rayos caigan horizontalmente en ambos polos a la vez tiene una implicación muy clara, y es que el día y la noche duran exactamente lo mismo. Y eso es algo que la propia palabra equinoccio nos estaba ya diciendo: aequus nocte, igual noche. Esto ocurre dos veces durante un año: en marzo, para la primavera y en septiembre, para el otoño. Según avanza la Tierra en su órbita alrededor del Sol una vez pasado el equinoccio de primavera o vernal, los días comenzarán a ser más largos en el hemisferio norte y más cortos en el hemisferio sur. En el polo norte, de hecho, comenzará un periodo de seis meses de luz perpetua durante el cual el sol no se pondrá nunca por el horizonte. En el polo sur ocurrirá exactamente lo contrario, comenzando la noche perpetua en la que el Sol no saldrá por el horizonte durante los siguientes seis meses.

Vemos pues que, para que empiece la primavera, la Tierra tiene que estar justo en una posición de su órbita concreta y no otra.Si la Tierra tardara exactamente 365 días, con cero horas, cero minutos y cero segundos en recorrer su órbita alrededor del Sol, la primavera siempre tendría lugar el mismo día del año, a la misma hora, al mismo minuto y al mismo segundo. Pero en realidad la tierra no tarda 365 días en recorrer su órbita alrededor del Sol, volviendo al mismo punto, si no que tarda 365 días, 6 horas, 9 minutos y 9,7632 segundos. Justamente este valor es lo que se conoce como año sidéreo. Vemos, pues, que lo que se conoce como año civil dura un poquito menos que el año sidereo, que es realmente el que define nuestra posición en la órbita alrededor del Sol.

Así pues, el año realmente dura 365 días y un poquito más de 6 horas. Como 4 multiplicado por 6 son 24, cada cuatro años habremos perdido un día. Por este motivo, cada cuatro años añadimos un día a febrero, haciendo que ese año dure 366 días y consiguiendo, así, que el uno de marzo la Tierra esté de nuevo donde debe. Pero, ¿lo está realmente? Vemos que no, porque realmente mientras la Tierra avanza en su órbita, el punto de aries se mueve en sentido contrario y la Tierra emplea sólo 365 días 5 horas, 48 minutos y 45,19 segundos entre un equinoccio de primavera y el siguiente. Esto es lo que se conoce como año trópico y causa que la corrección de un año más en los años bisiestos sea en realidad excesiva y sobre alrededor de 45 minutos.

Así pues, hay que continuar haciendo correcciones, si no queremos que las estaciones se acaben desincronizando con el calendario y el mes de julio acabe teniendo unas temperaturas cercanas al cero, en pleno invierno. Para evitarlo, cada cien años hay un año bisiesto menos. Es decir, los años terminados en 00 no cuentan como bisiesto. Pero para que esto sea realmente efectivo, cada 400 años se vuelve a añadir uno. Esta es la causa de que el año 2000 fuese bisiesto a pesar de terminar en 00. Todos estos ajustes hacen que el desfase sea entre nuestro calendario y el movimiento real de la Tierra en su órbita se reduzca a la escalofriante cifra de un día cada 3200 años. No está nada mal.

La Tierra no está sola y orbita al Sol al lado de una compañera de considerable tamaño: la Luna. Nuestro satélite es capaz de afectar gravitacionalmente a la Tierra de forma muy visible para todos, a través de las mareas, pero también de forma no tan visible para todos: variando el año trópico. La atracción gravitatoria que ejerce la Luna sobre la Tierra genera una pequeña oscilación del eje de rotación terrestre conocida como nutación, aunque es cierto que a esto último se suma también, aunque en menor medida debido a la distancia, la influencia gravitatoria del resto de planetas. La nutación la podemos entender mejor con una imagen mental muy sencilla: es el bamboleo que subre una peonza cuando está cerca de pararse y la panza tiende a acercarse al suelo.

Por último, el movimiento del punto de Aries se conoce como precesión de los equinoccios. El eje de la tierra está describiendo un círculo (como hace una peonza). Ese circulo tarda en completarse aproximadamente 26.000 años y es lo que hace que el norte geográfico no apunte siempre hacia la estrella Polar. De hecho, dentro de 13.000 años, cuando hayamos recorrido la mitad de ese círculo, la estrella que marcará el norte será la estrella Vega, en la constelación de la Lira. Esta estrella es mucho más brillante que la estrella Polar. De hecho, es la quinta estrella más brillante del cielo nocturno del hemisferio norte.

Todo esto tiene una consecuencia añadida que algún lector avezado puede haber descubierto ya: que el punto de Aries se haya movido ya desde la antigüedad en una cantidad considerable hace que no se encuentre ya en Aries, sino en Piscis y hacia el 2148 estará en Acuario. Es decir, que los que creen que han nacido en el sigo de Aries en realidad son Piscis y lo mismo ocurre con el resto de los signos astrológicos. Si a eso añadimos que las constelaciones del zodiaco son 13 y no 12 (siempre se olvidan de Ofiuco), tenemos un dato más para rebatir a los astrólogos con la ciencia en la mano. Y eso, nunca está de más.

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