¿Por qué febrero tiene 28 días?

Julio_CesarUno de los conceptos más extraños para mí (hablo como físico teórico) es el tiempo. Cada vez que alguien me ha preguntado qué es el tiempo, me ha puesto en grandes apuros. Apuros que suelo solventar, como en tantas otras ocasiones (es algo que debo agradecer a mis profesores), tirando de diccionario. Según la RAE, el tiempo es (en su acepción segunda, que es la que nos interesa por su significado físico) “la magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. Su unidad en el Sistema Internacional es el segundo”. Suena bien y no está mal como una definición para el día a día. Sin embargo, analizando la definición desde el punto de vista de la física teórica, deja bastante que desear. Pero es verdad: lo reconozco. No tengo otra. No sé qué es el tiempo en realidad, aunque sí que es cierto que debe tener algo que ver con el pasado, el presente y el futuro…

El tiempo nos ha vuelto locos desde que tratamos de analizarlo y desentrañar sus misterios. Para nuestros ancestros, uno de los primeros efectos del tiempo tenía que ver que los fenómenos regulares astronómicos que parecen ir marcando ese tiempo con precisión. Las noches se suceden a los días, que se suceden a las noches. Periódicamente (palabra que parece tener algo que ver con la regularidad y con el tiempo) la luna cambia de fase, aparece por el horizonte, se esconde tras una montaña y el ciclo (palabra que parece tener que ver también con el tiempo) se repite. A los periodos de frío se suceden otros de calor que tenían una duración de varias lunas llenas cada uno: las estaciones, por tanto, también parecen sucederse con cierta regularidad. Además, conocer esas estaciones era necesario para conseguir buenas cosechas, algo importante una vez que el ser humano se metió en esto de la agricultura.

Y es probablemente de esa necesidad de la que surge el calendario que, también según la RAE, es el “sistema de representación del paso de los días, agrupados en unidades superiores, como semanas, meses, años, etc”. El calendario también tiene su historia, en cierto modo curiosa. Y todo por el afán de cuadrar a la perfección cosas que son un poco inexactas… Por ejemplo, el año terrestre, el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta al Sol, es de 365,242198 días. Y esos decimales trajeron de cabeza a nuestros antepasados a la hora de confeccionar calendarios que fueran útiles. Hoy en día nos regimos por el calendario gregoriano, que proviene de la reforma realizada en 1582, durante el papado de Gregorio XIII. Pero hasta llegar ahí, la cosa no fue fácil. No sólo la palabra calendario proviene del latín (calendarium), sino que los propios nombres de los meses son un legado romano, aunque es muy probable que éstos se basaran en calendarios lunares etruscos o incluso griegos.

Dicen que fue Rómulo, el fundador de Roma, el inventor del calendario romano. El año comenzaba justo en el equinoccio de primavera y constaba de 10 meses: martius o marzo, con 31 días, mes en honor a Marte, el dios de la guerra; el siguiente mes era aprilis, o abril, de 30 días, debido a que tenía lugar durante el mes de florecimiento o apertura (aprire) de las flores; maius, o mayo, que constaba de 31 días en honor a maia, la diosa de la abundancia. Tras él, iunius, junio, con 30 días, en honor a Juno, la diosa de la familia y el hogar; quintilis era el siguiente mes, de 31 días: el mes quinto; sextilis, de 30 días, el mes sexto era el siguiente; september, de 30 días, o mes séptimo; october, octubre de 31 días, que era el mes octavo; november, noviembre, de 30 días, mes noveno y december, nuestro diciembre, de 30 días y mes décimo.

Así lo estableció, dicen, Rómulo. Si sumamos los días veremos que el total es de 304. Faltan, por tanto, 61 días para coincidir en una mejor aproximación, con la duración del año terrestre. Esos 61 días no figuraban en ningún mes ni estaban considerados de ninguna manera dentro del calendario. Pero esto tenía una razón que podemos interpretar de una manera más o menos lógica: en aquella época, la sociedad romana era principalmente agrícola y los 61 días que faltaban se correspondían que el periodo invernal; el calendario tenía un propósito organizativo de las tareas del campo, por lo que se podía prescindir de esos días extra en los que el frío impedía realizar ningún tipo de recolecta o siembra.

En el reinado de la Roma recién nacida, a Rómulo le sucedió Numa Pompilio. Hacia el 40 ab urbe condita, desde la fundación de Roma, es decir, hacia el 713 a.C., Numa decidió reformar el calendario. Se le ocurrió añadir un mes al principio del año y otro al final, dejando el año en 354 días. Aún no coincidía con el año terrestre, pero sí que se parecía bastante al ciclo lunar. Además, dentro de las supersticiones romanas, los números pares no eran bien considerados, por lo que eliminó un día a los meses de 30 días, dejándolos en 29. De este modo, tras la reforma de Numa, los meses quedaron como sigue: el nuevo mes incorporado al principio, ianuarios, enero, con 28 días, en honor a Jano; martius, con 31 días; aprilis con 29; maius, con 31; iunius, con 29 días; quintilis, con 31; sextilis y september, ambos con 29 días, octuber con 31; november y december con 29 días y el último mes, februarios, o febrero, con 28 días, que se correspondería con el mes de la purificación, ‘februa’ en latín.

Al repasar los meses anteriores, había dos con número par: ianuarios y februarios. Por este motivo, se añadió un día más a ianuarios y únicamente quedó februarius con número par, 28 días, como mes de mal agüero dedicado a los ritos de purificación. Y seguíamos teniendo el problema de que el número total de días no se correspondía con los 365 que duraba el año solar.  Por este motivo, de vez en cuando, los romanos añadían días adicionales al final del año, tratando de sincronizar su calendario de nuevo con las estaciones.

Rondando el 450 a.C. y ya en plena república, los romanos trataron de arreglar un poco el calendario y consiguieron uno de 366,25 días. Para hacerlo, invirtieron el orden de ianuarios y februarios y añadieron, cada dos años, un mes llamado mercedonios, en relación al momento en el que los mercenarios cobraban sus emolumentos. Mercedonios tenía 27 días y, cuando era incluído en el calendario, a febrero le quitaban varios días de manera que tuviera únicamente 23 ó 24 días. De este modo conseguían ajustar cada cierto tiempo el calendario a 366,25 días. Esta forma de hacer las cosas no habría estado mal del todo si no fuera porque los que decidían cuando añadir los meses adicionales eran los pontífices máximos, regidos más por cuestiones políticas y supersticiosas, que por cuestiones cronológicas.

Para tratar de arreglar la “confusión”, Julio César, hacia el 45 a.C. se apoyó en el astrónomo alejandrino Sosígenes y juntos idearon un nuevo calendario. Para empezar, eliminaron el mes de mercedonius e introdujeron el calendario juliano, en honor a César. Este nuevo calendario empezaba en enero y los meses tenían la misma duración que en nuestro calendario gregoriano. Cada cuatro años habría un año bisiesto en el que febrero tendría un día más. El mes quintilis, que tras toda la reforma era en realidad el séptimo mes y coincidía con la fecha del cumpleaños de César, pasó a denominarse mes iulius, julio, en honor a Cayo Julio Cesar. Hubo que hacer algún que otro ajuste para que el calendario coincidiera con las estaciones, de forma que el año 46 a.C tuvo una duración de 445 días y fue denominado “último año de la confusión”.

Parece ser que la regla para los años bisiestos no fue aplicada correctamente durante los primeros años, ya que el día adicional se añadió cada 3 años en vez de cuatro. Esto provocó que el calendario se desfasara nuevamente con respecto a las estaciones. Augusto, sobrino nieto de César, estableció la frecuencia correcta unos 36 años después del establecimiento del calendario juliano. Además, eliminó algunos días del año 9 a.C. para la resincronización. También aprovechó para cambiar el nombre del sextilis por el de augustos, agosto. Algunos vieron en esta acción un acto más de celos y envidias por parte de Augusto hacia el gran César. La siguiente reforma nos llevó a nuestro calendario actual, el gregorario, por el que nos regimos hoy en día.

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