Los virus del océano

virus

Siempre me han intrigado los virus. No es nada fácil definir la vida y precisamente los virus se encuentran en una zona intermedia entre lo que podemos considerar vida y lo que no. Grosso modo, podemos decir que un virus no es más que un trozo de código genético rodeado por una envoltura y que «tiene la misión» de replicarse, para lo cual necesita del mecanismo de una célula o bacteria, puesto que el virus en sí carece del aparato necesario para conseguir esa réplica de sí mismo. Por eso, para algunos, son la forma de vida más simple; pero para otros ni siquiera están dentro de lo que se consideraría una forma de vida.

Tendemos a pensar en los virus como “agentes malignos” que causan enfermedades. Y así es, en efecto, para buena parte de las enfermedades que nos afectan como especie. Sin embargo, no todos los virus pueden causarnos enfermedades y no todos los virus deben verse como “agentes malignos”. Sin ir más lejos, en un mililitro de agua de mar existen cerca de 50 millones de virus y hay miles de humanos bañándose en cualquier momento en cualquier playa del planeta sin que esos virus les causen ninguna molestia. La mayoría de estos virus no atacan a las células eucariotas de las que estamos hechos nosotros, sino que infectan células procariotas: es decir, algas microscópicas marinas y bacterias marinas. Son, por tanto, bacteriófagos.

Resulta curioso que, con esas cifras, los virus marinos son los seres vivos (para aquellos que los consideran “vivos”) más numerosos del planeta Tierra y no nos dimos cuenta de ello hasta la última década del siglo pasado. 50 millones de virus en un mililitro de agua. El tamaño de uno de estos virus viene a ser de unos 100 nanómetros, es decir, la mil millonésima parte del metro. Realmente no nos damos cuenta ni de la cantidad, ni del tamaño real de estos virus hasta que hacemos unos cálculos considerando toda la masa oceánica y comprendemos que, si los pusiéramos en fila india uno detrás de otro, esa fila tendría aproximadamente una longitud de 10 años-luz: más del doble de distancia que la estrella más cercana. O, dicho de otra manera, la fila podría ir hasta Alfa Centauri y volver y todavía nos quedaría más de un año luz de fila de virus.

Desde prácticamente el origen de la vida en nuestro planeta, bacterias y virus se encuentran en una lucha encarnizada. El fenómeno conocido como “explosión de la población bacteriana” y consistente en que si una bacteria pudiera dividirse sin freno, en condiciones de ambiente adecuados, en unos pocos días sus descendientes pesarían tanto como el propio planeta tierra, no tiene lugar gracias al freno que supone el hecho de que algunos virus se alimenten de bacterias. Y precisamente ese es el papel que juegan los virus marinos: al alimentarse de bacterias marinas impiden que estas se desarrollen en un medio ideal para su reproducción, como es el agua del mar, hasta el punto de dañar el resto de especies. Un papel muy importante, puesto que la proliferación incontrolada de bacterias marinas nos afectaría tarde o temprano.

De hecho, los bacteriófagos terminan cada día con el 20% de las bacterias marinas vivientes; es decir, que una de cada 5 bacterias marinas muere por la acción de estos virus. La situación se encuentra en un equilibrio delicado, puesto que cada virus que infecta a una bacteria produce cientos de descendientes; las bacterias, a su vez, tratan de reproducirse lo más rápido que pueden, pero como los virus superan en número a las bacterias, estas son mantenidas a raya de manera eficaz. Pero bastaría que el equilibrio se rompiera para que, si no obrara otro mecanismo desconocido, las bacterias se reprodujeran hasta la saturación marina.

Los virus marinos desempeñan un segundo papel que hasta ahora no había sido investigado por la comunidad científica, pero que también resulta, al menos, interesante. Al igual que humanos, plantas, animales e insectos, el componente principal de los virus es el carbono, por ser este el átomo en el que se basa la vida en la Tierra. La química orgánica es la química del carbono. Y si, poniendo en fila india a los virus que habitan nuestras aguas oceánicas seríamos capaces de ir y volver a la estrella más cercana, uno puede pensar también que la cantidad de carbono almacenado en estos organismos no debe ser nada despreciable. Y así es: hay tanto carbono formando parte de estos virus como el necesario para formar 75 millones de ballenas azules con un peso medio de 180 toneladas cada una. O, si lo expresáramos en términos humanos, hay tanto carbono formando parte de estos virus como el necesario para formar 192.000.000.000 humanos.

¿Qué ocurriría si todo ese carbono fuera liberado en forma de dióxido de carbono a la atmósfera? En ese caso, aumentaría de manera alarmante el efecto invernadero. En cualquiera de los casos, el carbono que forma parte de los virus lo tiene bastante difícil para convertirse en dióxido de carbono. Pero sí que es cierto que la actividad de estos virus al eliminar bacterias, genera dióxido de carbono. En concreto, se liberan dos microgramos de dióxido de carbono por litro de agua y día. Tomando, por tanto, el conjunto del agua oceánica, la emisión diaria de CO2 podría llegar a un valor comprendido entre las 100 y las mill toneladas. En contraposición, las 100.000 millones de infecciones que se producen cada segundo por parte de estos virus sobre las bacterias marinas, causa que buena parte del material que forma las bacterias, caiga al fondo del océano, dejando allí almacenado también una gran cantidad de carbono que no pasa a la atmósfera; y, además, esos restos contienen nutrientes para organismos fotosintéticos, que fijan también el dióxido de carbono eliminándolo de la atmósfera.

Estoy convencido de que ningún modelo (o casi ninguno, por dar un cierto margen) de predicción agorera de cambios climáticos, tiene en cuenta la existencia y acción de estos virus macrófagos.

Escucha el podcast de este capítulo aquí.

 


Dejar un comentario