Lobos transgénicos

 

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Lo reconozco: si no hubiera estudiado física, habría estudiado biología. En concreto genética. Aunque la base de la genética no deja de ser la química y, por tanto, la física, por ser la química parte de la física, la genética en sí tiene mucho que ofrecer para una mente curiosa. De ahí que quiera contar hoy un estudio que, aunque tiene ya algún tiempo, me sigue pareciendo muy actual y espectacular.

Todo comenzó hace miles de años. No sabemos exactamente cuantos miles, pero sí que ronda entre los 33.000 y los 10.000 años. El orden de magnitud es variable, pero no tenemos pruebas feacientes de cuándo el ser humano comenzó la domesticación del lobo. Todas las razas de perro actuales provienen en su origen del lobo y lo que las diferencia entre sí son los genes. Genes que han sido modificados por el ser humano sin que mediara un laboratorio de por medio. Fue un proceso lento, de miles de años, de selección artificial. Siempre lo digo: con los conocimientos actuales, casi podríamos generar las mismas razas partiendo de un lobo y modificando genéticamente en un laboratorio. El resultado sería el mismo, pero seguro que muchos tendrían sus escrúpulos al respecto, aunque no hubiera diferencia alguna en cómo se ha llegado al mismo animal.

De lo que estamos casi seguros es de que el lobo fue el primer animal domesticado por el ser humano. Y es evidente que el resultado de esa domesticación lleva conviviendo con nosotros miles de años, uniendo su destino al nuestro y evolucionando con nosotros según nuestras necesidades. Un claro ejemplo de cómo se ha dado esa evolución está en la alimentación de perros y lobos. El lobo es un animal carnívoro; sin embargo, el perro, aunque carnívoro, acepta otro tipo de alimentos como algunas verduras y cereales. Sobre todo, el arroz. Sin embargo, si criamos un lobo en cautividad, no es capaz de digerir estos alimentos, demostrando ser únicamente carnívoro.

No sólo hay una evolución en cuanto a la alimentación que el perro puede consumir desde su unión al ser humano. También hay una diferencia clara en el comportamiento: un perro no entrenado para ser perro guardián o perro policía es mucho menos agresivo que un lobo. Además, los canes tienen una gran capacidad para comprender nuestro propio lenguaje identificando claramente palabras y gestos corporales. Esto es algo que a los lobos les cuesta mucho hacer. Y no sólo a los lobos: también los chimpancés, en contra de lo que muchos piensan, son más torpes a la hora de entender palabras y gestos que los propios perros. En general cualquier animal es más torpe que el perro en estas cuestiones.

Estas habilidades están, sin duda, relacionadas con la forma en la que el perro fue domesticado. La forma o las formas, pues no está claro cómo sucedió, aunque el resultado final de una una forma, fuera el mismo. Hay científicos que apoyan la hipótesis del cachorro: ciertas tribus que cuidaran de cachorros que, al crecer y sentirse uno más dentro de una “manada humana”, defendían a modo de guardián el territorio donde habitaban sus compañeros humanos. Para otros la domesticación se produjo precisamente a través de la alimentación: una vez que el humano se hace agrícola transformándose de nómada en sedentario, comienza a generar basura a su alrededor que bien pudo ser aprovechada por algunos lobos que, poco a poco, fueron perdiendo el miedo al hombre al ser alimentado por este.

En cualquiera de los casos, tanto si fueron cuidados desde cachorros, como si fueron «engatusados» utilizando las sobras alimenticias, es evidente que sólo aquellos con capacidad para digerir un nuevo tipo de alimentación más variada y parecida a la humana y aquellos que fueron dejando atrás su gran agresividad, pudieron sobrevivir en un entorno humano. El lobo domesticado, es decir, el perro, tuvo que adquirir habilidades digestivas y de comportamiento distintas. Algo que, sin duda, está totalmente relacionado con la genética.

¿Por qué? Para muchas personas sin conocimientos científicos, el hecho de que un perro coma pan o arroz se debe a que cuando el hambre aprieta a todo se acostumbra uno. Pero esto no es así. Por mucha hambre que tenga no podremos hacer que una vaca coma carne o un lobo coma pan. Para poder digerir esas sustancias hace falta que el organismo en cuestión esté preparado genéticamente para ello. Debe disponer de los enzimas digestivos adecuados como, por ejemplo, la amilasa, el enzima que inicia la digestión del almidón vegetal en el intestino. Y para disponer de la amilasa en un organismo es necesario tener el gen que produce este enzima. No hay otra manera. Así pues, la capacidad del perro para digerir verduras y cereales sólo pudo venir de un cambio en la genética del lobo.

Tres cuartas de lo mismo ocurre con los comportamientos. Es evidente que los comportamientos pueden aprenderse, pero lo que no se aprende es la capacidad de aprender. Esta capacidad depende de los genes que afectan al desarrollo del sistema nervioso. Por tanto, aprender a interpretar el lenguaje humano hablado y corporal depende de cambios genéticos adquiridos por el perro a lo largo de su evolución desde el lobo hasta su completa adaptación al entorno humano.

Todo esto, que sobre la teoría funciona muy bien, se ha plasmado en un estudio publicado en la revista Nature acerca de los genes que diferencian a canes y lobos. Se trata de un estudio internacional llevado a cabo por investigadores de varios países: Suecia, Noruega y Estados Unidos. Para hacer el estudio, estos científicos secuenciaron ADN procedente de los genomas de 12 lobos repartidos por todo el planeta y de 60 perros pertenecientes a 14 razas distintas. Buscaron en primer lugar las bases del ADN, las letras individuales, encontrando cerca de 4 millones de cambios, nada más y nada menos. También fueron capaces de identificar regiones enteras del ADN que se habían copiado en varias ocasiones o que se habían perdido para siempre.

Trataron también de identificar las regiones que presentaban un menor número de cambios entre razas de perros, pero cambios relevantes entre perros y lobos. Buscaban con este proceder localizar los genes y regiones del ADN que, sin duda, habían mutado durante la evolución del lobo al perro y que resultaban importantes para la supervivencia de todas las razas caninas en general, presentando, por tanto, escasos cambios entre ellas.

Los resultados del análisis fueron muy esclarecedores. Aparecieron 122 genes que habían mutado del lobo al perro. Entre ellos se encuentran genes muy importantes para el desarrollo del sistema nervioso. Otro de los genes mutados es precisamente el gen de la amilasa, que se ha copiado hasta 30 veces en el genoma del perro, frente a las dos copias de este gen que posee el lobo. Las múltiples copias permite al perro producir amilasa en mayor cantidad, capacitándoles para poder digerir verduras y cereales.

La unión del lobo con el humano potenció estos genes permitiendo el desarrollo de la inteligencia canina y la variedad en su alimentación.

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