Siding Spring, el cometa que atravesó Marte

Crédito: NASA/JPL-Caltech

Crédito: NASA/JPL-Caltech

 

Por su tremenda masa, Júpiter es un auténtico caza cometas. No es raro que estas bolas de hielo sucio, como un día de 1950 las definió con mucho acierto Fred Lawrence. Whipple (1906-2004), ronden al más grande de los planetas de nuestro sistema solar. Y, en ocasiones, como le ocurrió al cometa Shoemaker-Levy en 1994, choquen literalmente con él. Se trata de un planeta de gran masa, con una gran capacidad gravitatoria para atraer a estos objetos que, en muchas ocasiones, comienzan un viaje de millones de años desde la nube de Oort, a unos 100.000 Unidades Astronómicas (una Unidad Astronómica equivale a la distancia Tierra-Sol, es decir, 150.000.000 km).

En la nube de Oort, los cometas se mueven a velocidades cercanas a los 90 km/h, como lo haría una avioneta en la Tierra. Cualquier perturbación gravitacional, como el paso de alguna estrella cercana, perturba la nube y, de cuando en cuando (hablamos de millones de años, claro es), alguno de estos cuerpos celestes inicia su viaje hacia el interior del Sistema Solar, directos hacia el Sol, ganando velocidad a medida que se acercan. Y cuando se aproximan, pueden ser desviados por Júpiter antes de llegar al Sol, dependiendo de la posición del planeta en el momento en el que el cometa entra en la ‘zona de planetas’ de nuestro Sistema Solar. De hecho, se sabe que muchos cometas de periodo corto, con pasos alrededor del Sol cada 2 ó 5 años, son cometas atrapados por Júpiter, frenados en su caída hacia el Sol y desviados de su órbita inicial; son cometas que, antes de su encuentro con el gigante, habrían pasado de largo para no volver jamás.

Los encuentros, por tanto, entre Júpiter y los cometas, son encuentros normales. Sin embargo, menos común es que uno de estos objetos ‘roce’ planetas más pequeños, como por ejemplo, Marte. El planeta rojo es mucho más pequeño que Júpiter. Marte, con sus 3.390 km de radio, ofrece un blanco minúsculo frente a Júpiter, con sus 69.911 km de radio. Y no sólo es una cuestión de ofrecer un blanco más o menos grande: se trata de que Marte, con su gravedad, apenas es capaz de atraer un cometa que pase cerca de él, por lo que estos encuentros entre planetas pequeños y cometas, son más raros. Y uno de estos encuentros ocurrió precisamente el 19 de octubre de 2014.

El cometa en cuestión se llama C2013 A1 o Siding Spring, tiene un tamaño de 1,6 km de diámetro y fue descubierto el 3 de enero de 2013 por Robert H. McNaught, del observatorio de Siding Spring, mientras jugaba con su telescopio Schmidt de 50 cm. Y ahí comenzaron los cálculos. Como con cualquier objeto cometario o con cualquier asteroide descubierto repentinamente, una de las primeras tareas es calcular la órbita. De hecho, al analizar los archivos se vio que en realidad se tenían imágenes del cometa desde octubre de 2012, lo cual permitió ampliar el margen para el cálculo de la órbita.

Si pensamos en el Sistema Solar como canicas pequeñas girando alrededor de una más grande sobre el plano de una mesa, la órbita de Siding Spring le llevó a atravesar el plano de la mesa como si viniera casi perpendicular (en realidad una parábola muy abierta) por la parte de abajo. Esto es algo habitual en objetos que provienen del espacio exterior, ya que entran en nuestro Sistema Solar formando cualquier tipo de ángulo con el plano del sistema. Y ya en febrero de 2013 se vio que pasaría rozando Marte: en aquel primer cálculo, a unos 41.300 kilómetros del centro del planeta rojo. Los últimos cálculos previos al acercamiento realizados en el Jet Propulsion Laboratory de NASA en Pasadena, dentro del programa Near Earth Object, daban una aproximación de unos 300.000 km de Marte, con una posibilidad grande de que pasara mucho más cerca, en concreto, a unos 50.000 km de la superficie del planeta rojo. Incluso, en NASA, no se descartaba que pudiera llegar a impactar con el planeta: las probabilidades eran de una entre 600.

Desde la Tierra, el cometa no es visible a simple vista, pero está cerca del límite al presentar magnitud 8, por lo que desde septiembre se estaba viendo perfectamente con unos prismáticos  o un pequeño telescopio desde el Hemisferio Sur. Y es que, si se me permite la expresión, ‘el cometa entró por abajo’. Un momento de fama para un trozo de hielo sucio que, según los investigadores del Near Earth Object Program Office, comenzó su viaje hacia el interior del Sistema Solar hace más de un millón de años desde la nube de Oort.

Y esto ofrece una posibilidad única para los investigadores. En Marte tenemos orbitadores girando alrededor del planeta y robots sobre la superficie marciana. Tenemos, por tanto, aparatos con posibilidades de medir los posibles cambios que pudieron producirse en la atmósfera marciana cuando el planeta atravesó la cola de gases enrarecidos del cometa. Usando las propias palabras de John Grunsfeld, astronauta y administrador asociado de la NASA Science Mission Directorate, en Washington: “Este es un regalo cósmico del que potencialmente podemos sacar mucho partido, y diversas misiones de la agencia estarán en modo recepción total”. Pensemos que Siding Spring va a ser el primer cometa proveniente de la nube de Oort del que vamos a tener posibilidades de hacer un estudio muy de cerca; y los cometas de la nube de Oort son restos del material con el que se formó el Sistema Solar hace unos 4.600 millones de años.

Debido a que Marte atravesó la cola del cometa, NASA maniobró las sondas con el fin de reducir el impacto con cualquier partícula de polvo más o menos grande que pudiera salir despedida del cometa. El orbitador Mars Odyssey, el Mars Reconnaissance Orbiter (MRO) y el Mars Atmosphere and Volatile Evolution (MAVEN), fueron reconducidos a una órbita más segura que interponía el propio Marte entre ellos y el cometa, para reducir el riesgo al máximo. El momento de mayor peligro comenzó unos 90 minutos después de la máxima aproximación del núcleo cometario al planeta, y duró unos 20 minutos, cuando Marte se encontró sumergido en plena cola cometaria. Hay que tener en cuenta que el cometa se mueve a unos 56 km/s y cualquier mota de polvo del tamaño de un grano de arena que chocara con el instrumental científico podría dar al traste con el mismo o con la sonda entera.

Marte tiene una atmósfera mucho menos densa que la Tierra y el efecto del paso del cometa sobre la misma está siendo estudiado por los rovers Opportunity y Curiosity. Los orbitadores recogieron información acerca de la rotación del núcleo cometario, la composición de la cola cometaria alrededor del núcleo y la distribución y el tamaño de las partículas de polvo en la misma. Se está analizando si hubo cambios en la distribución de las partículas cargadas electricamente en la atmósfera marciana y los efectos que el paso del cometa pudo tener sobre la temperatura del aire y las nubes. MAVEN, además, está investigando la interacción de la tenue cabellera del cometa con las capas más altas de la atmósfera marciana.

Una oportunidad única de ver una interacción entre un cometa proveniente de la nube de Oort y un planeta. Un planeta, además, que está repleto de sondas y rovers. A pesar de que la probabilidad de un encuentro así es mínima debido al pequeño tamaño de Marte, sin duda es el mejor planeta sobre el que podría ocurrir este evento. Como dijo Grunsfeld, “un auténtico regalo celeste” para los científicos.

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