Historias de religión y ciencia

Mundo y Religion

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Hay dos grandes sensaciones cuando llega la Semana Santa que son inevitables. Por un lado, el que siempre llueve. No deja de ser una sensación, pero está ahí y es recurrente. Y si no, que se lo digan a los nazarenos, que rezan para que no se les moje la túnica entre otras cosas. La otra sensación es que la luna llena ronda siempre la fecha variable en la que comienza la Semana Santa. Esta última sensación no es tal, sino que es una realidad. Al menos desde el Concilio de Nicea (año 325). Fue en ese sínodo en el que los obispos decidieron que la Pascua de Resurrección se celebrase el domingo después de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, que ronda el 21 de marzo. Así, la fecha variará entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Quizás la primera sensación también ande cerca de ser real, porque marzo y abril (al menos tengo esa sensación) son meses muy lluviosos.

Uno podría pensar que ese es el único punto en común entre religión y ciencia: el que se use la luna para determinar la fecha de la Semana Santa. Pero yo quiero ir hoy más lejos y plantear una cuestión muy interesante desde un punto de vista filosófico: ¿existe realmente Dios? Como científico, no puedo dar una respuesta a esta pregunta utilizando la ciencia. De hecho, si nos centramos en la cosmología actual y pensamos en el origen del universo dentro de la teoría del Big Bang, nuestras teorías fallan en la singularidad inicial que da origen a todo. Podemos discutir o no, como hace Stephen Hawking, si existe una singularidad o no justo en el origen de todo. Pero lo que no podemos discutir es que nuestras teorías son incapaces de decirnos cómo era el universo cuando el tiempo tenía 0.000…000 (43 ceros): el tiempo de Planck. ¿Qué ocurrió justo en ese instante? Según la cosmología, el tiempo de Planck es el tiempo más pequeño en el que las leyes de la física pueden ser utilizadas para estudiar la naturaleza y evolución del Universo. Luego un instante antes, no hay física.

Que nuestro universo sigue unas reglas es evidente. Los físicos tratamos de desentrañarlas. Que esas reglas están escritas en lenguaje matemático, también es evidente: con las matemáticas describimos el universo. Y como una vez dijo Carl Sagan: el ser humano es el universo conociéndose a sí mismo. ¿Deja la ciencia un lugar para un creador en todo esto? Algunos de mis colegas piensan que no. Otros piensan que sí. Son precisamente estos últimos los que más sorprenden a la gente normal, que no es experta en ciencia. ¿Cómo puede un científico creer en Dios? Y yo respondo siempre a esa pregunta de la misma manera: porque una cosa es la ciencia, que describe el universo y sus reglas y otra cosa es quién puso esas reglas que sigue el universo. Y este último punto no es estudio de la ciencia porque cae dentro de ese tiempo anterior al tiempo de Planck.

Dios es cuestión de fe. También para el científico. Cuanto más conozco el universo más claro tengo que estoy estudiando la obra de Dios. Es más, las reglas que sigue el universo son tan irremplazables que muchos, los que no quieren ver el universo como un acto de Dios, se amparan en el principio antrópico: estamos aquí porque si el universo hubiera sido distinto no estaríamos aquí. Es decir, que vivimos, existimos, porque el universo que nos cobija es el único que posibilita la vida y somos, por tanto, obra del azar. Y yo os digo: pensar que las constantes de la física (todas) y las leyes de la física (todas) son obra del azar es una ilusión. El científico que intente usar la ciencia para explicar esto dirá que de todos los infinitos universos que pudieron existir, el que “salió” adelante es este con todas sus leyes perfectas para nosotros porque si no hubiera salido este, no estaríamos aquí. Y la probabilidad de que saliera este es tan remota como cualquier otro. Interesante, pero absurdo.

Vivir después del siglo XX tiene una ventaja para el científico creyente. La ciencia ha dejado de ser determinista. Las leyes de Newton, el mundo de Newton, posibilitaba el que una mente todo poderosa fuera capaz de predecir todo porque bastaba con conocer la posición de todas las partículas del universo (algo al alcance de una mente todopoderosa) para saber donde se encontrarían todas esas partículas un tiempo después, aplicando las fuerzas de interacción entre todas ellas. El universo de Newton (y el de Einstein, no hay que olvidarlo) era un mundo determinista. Sin embargo, el siglo XX le arrancó una sonrisa al destino: la mecánica cuántica. La física cuántica nos dice que el universo no es determinista. Ni siquiera una mente todopoderosa es capaz de saber cómo van a evolucionar todas las partículas del universo precisamente porque la física que las gobierna (sin duda hecha por Dios) imposibilita tal acto.

Y ahora analizamos bien el significado de todo esto: en un mundo determinista no tiene lugar el libre albedrío. En un mundo cuántico, lo único posible es el libre albedrío. La ciencia no puede demostrar ni negar la existencia de Dios. La ciencia nos sirve para entender cómo funciona el mundo, entender nuestro universo desde el punto de vista de las leyes que lo hacen posible a él y a nosotros. La afirmación: “esas leyes son obra de Dios”, es cuestión de fe.

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