Mercurio, primera parte: un planeta excepcional

messenger-agua-y-materia-organica-en-mercurio Mercurio es un planeta excepcional. Su proximidad al Sol tiene serias consecuencias sobre el planeta y ha despistado bastante a los que, desde la Tierra y a lo largo de la historia, han dedicado parte de su vida a desentrañar sus misterios. Por ejemplo, en la antigua Grecia raro era aquel que no pensara que Mercurio eran en realidad dos planetas bien distintos: Apolo, cuando era visible en el cielo de la mañana y Hermes, cuando era visible al anochecer. Fue Pitágoras (o su escuela, no es cosa de polemizar en este punto) el primero en proponer que se trataba del mismo planeta. Una propuesta fruto de noches y noches de observaciones y bastante de intuición y buen juicio.

Y es que Mercurio, con sus 47,87 km/s de velocidad orbital (compárese con la de la Tierra, 30 km/s), es el planeta más rápido de todo el Sistema Solar. Y su velocidad está relacionada directamente con su cercanía al Sol: es el más próximo a nuestra estrella, orbitando a unas 0,3 Unidades Astronómicas (1 UA=150.000.000 km). Y, aunque no tenemos constancia de quién le puso el nombre de Mercurio al primer planeta del Sistema Solar, fue muy acertado puesto que significa “mensajero alado de los dioses”. Y la verdad es que no se me ocurre un nombre mejor para el planeta más veloz.

Mercurio tiene una cola de sodio. Si pudiéramos verla a simple vista, sin ayuda de aparatos, esa cola haría que Mercurio se asemejara bastante a un cometa, sólo que su cola cometaria sería de sodio. Esto también tiene que ver con su escasa distancia al Sol. El viento solar se deja sentir con mucha fuerza a la distancia en la que orbita Mercurio y esas partículas cargadas que vienen del Sol consiguen arrancar átomos de sodio de la corteza del planeta y arrastrarlos fuera de la gravedad de Mercurio, que es apenas un tercio de la gravedad terrestre. Si dejamos caer un objeto en Mercurio, este lo aceleraría con una aceleración de 3,7 metros por segundo, cada segundo; frente a los 9.8 de nuestro planeta. Se trata, por tanto, de una gravedad lo suficientemente escasa como para que el viento solar arranque esos átomos de sodio y los disperse por el espacio.

La superficie de Mercurio está tan craterizada que nos recuerda de forma notable a nuestra Luna. Pero si tuviera que elegir algún rasgo excepcional de Mercurio, este sería, sin duda, la Cuenca Caloris. Se trata de una de las mayores estructuras de impacto de todo nuestro Sistema Solar. Sus 1.550 km de diámetro así lo acreditan. Se originó hace aproximadamente 3.800 millones de años, como consecuencia del terrorífico impacto de un asteroide de unos 150 km de diámetro con este planeta. La Cuenca Caloris está rodeada de varios relieves anulares denominados Caloris Montes, de hasta 2 km de altura, pero el interior de la cuenca es totalmente llano. Hasta 2008 no se resolvió la cuestión de si la llanura estaba formada por lavas o por material fundido a consecuencia del impacto del asteroide. El choque con el asteroide fue tan bestial que las ondas de choque recorrieron todo el planeta hasta confluir en las antípodas, donde el terreno fue totalmente destruido, hecho añicos y elevado un km por la fuerza de las vibraciones.

Pero si algo maravilloso en Mercurio es el doble amanecer. Cerca de su perihelio, es decir, el punto de la órbita en la que el planeta está más cerca del Sol, se produce uno de los fenómenos más increíbles que imaginarse puedan. El Sol sale, se detiene, se esconde nuevamente casi por el mismo lugar por donde salió y vuelve a salir de nuevo. La explicación es complicada si uno no está acostumbrado a manejar ciertas magnitudes físicas, como la velocidad angular, pero básicamente el fenómeno se debe a que, aproximadamente cuatro días antes del perihelio, la velocidad angular orbital de Mercurio se iguala a la velocidad de rotación del planeta, provocando que el Sol quede fijo en el firmamento de Mercurio. En el punto exacto del perihelio, la velocidad angular orbital es mayor que la rotatoria, lo que provoca que el Sol retroceda y vuelva al punto por donde salió. Cuatro días después de pasar por el perihelio, la velocidad de rotación del planeta vuelve a superar a la angular orbital y el sol vuelve a salir definitivamente de manera normal, tardando unos 58 días en volver a ponerse, pues ese es el tiempo que dura un día en Mercurio. El año, sin embargo, dura 88 días terrestres. No fue hasta 1960 cuando se comprobó que la velocidad de traslación y la de rotación eran distintas, con una relación de 2/3, en perfecta resonancia. La creencia anterior a 1960 era que ambas velocidades tenían el mismo valor, por lo que Mercurio presentaría siempre la misma cara hacia el Sol, tal cual hace la Luna con la Tierra. El descubrimiento de que esto no era así fue posible mediante pulsos de radar.

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