La sutil diferencia entre un asteroide y un meteorito

Credit NASA

Credit NASA

No son pocas las ocasiones en las que los términos asteroide y meteorito se entremezclan en el habla causando malos entendidos. Y hay una sutil diferencia. Tan sutil como pueda ser el tamaño del meteorito. Porque es un error afirmar que el meteorito pasó cerca de nuestra planeta, dado que, por definición, un meteorito es aquel asteroide que choca, repito, choca, contra nuestro planeta (o contra cualquier otro, pues meteoritos hay también en otros planetas. Hace pocas semanas, sin ir más lejos, NASA hacía pública una foto espectacular de un meteorito de hierro encontrado en Marte por la sonda Curiosity, que viene a sumarse a los anteriores encontrados por la Spirit y la Opportunity). Sutil diferencia, pues.

Pero esa sutil diferencia no es más que una excusa para hablar de meteoritos, de asteroides y contar ciertas cosas interesantes o, al menos, sorprendentes. Por ejemplo, se estima que son entre 40 y 50 las toneladas de materia cósmica que entran cada día en la atmósfera terrestre. De esa cantidad, tan sólo una tonelada llega al suelo. Cuando uno de estos objetos entra en la atmósfera, su destino depende principalmente de su masa y de su velocidad. Las partículas más pequeñas y que conocemos como micrometeoritos se deceleran y caen suavemente sobre la superficie terrestre. Si el objeto es más masivo, por ejemplo, su masa está entre 0,0000001 gramos y 1 kg, producen meteoros: se convierten en objetos incandescentes que iluminan el cielo dejando una estela formando lo que comúnmente se denomina estrella fugaz. Pero, ¿qué ocurre con los objetos mayores? Por ejemplo, objetos con masas entre 1 kg y 1.000 toneladas. En ese caso, el objeto es frenado sustancialmente por el rozamiento con nuestra atmósfera. Si la masa del objeto es mayor a 1.000 toneladas, la atmósfera prácticamente no ejerce ninguna influencia en cuanto a ralentizar el movimiento del objeto.

Las lluvias de estrellas se forman cuando la Tierra atraviesa la órbita de un cometa: las órbitas cometarias cercanas al Sol, como la órbita de nuestra Tierra, están llenas de micropartículas o partículas mayores formadas por el material que se desprende del cometa y que forma su cola. Estos objetos quedan en la misma órbita del cometa. La velocidad de los meteoros suele variar entre 10 km/s para las más lentas y 80 km/s para las más rápidas. Para que os hagáis una idea del orden de magnitud, la velocidad de una bala viene a ser de entre 1 km/s y 500 m/s. Pues bien, la velocidad media de los objetos que entran en la atmósfera y llegan al suelo es de unos 20 km/s. Los que penetran en la atmósfera a más de 30 km/s suelen sufrir un 99% de ablación. Pero, aparte de la masa y la velocidad, un factor muy importante a la hora de que un objeto celeste llegue al suelo es su composición. No todos los meteoritos están hechos del mismo material y algunos son más blandos que otros.

De los tres tipos principales de meteoritos, férreos, pétreos y petroférreos, los pétreos aparentan ser unas veinte veces más abundantes que los otros dos juntos, atendiendo a los hallazgos descubiertos. Esta proporción podría ser incluso mayor, puesto que los pétreos son más fáciles de destruir o desmenuzar al penetrar en la atmósfera, por lo que podemos suponer que abundan todavía más. Para más inri, los pétreos son los que más sufren las inclemencias atmosféricas una vez han llegado al suelo hasta que son hallados.

Aunque pueda parecer sorprendente, el origen extraterrestre de los meteoritos no fue descubierto hasta el año 1803, fecha en la que Jean-Baptiste Biot (1774-1862), físico, matemático y astrónomo francés (añoranza de los tiempos en los que uno podía saber de varias disciplinas a la vez), investigó la lluvia de meteoritos de l’Aigle y determinó su origen espacial.

La mayoría de los meteoritos caen sin ser vistos en los océanos y en zonas no pobladas. Pero a partir de 1969, momento en el que se descubrió que los meteoritos se conservan en la superficie helada de la Antártida, no son pocas las expediciones que han partido en busca de esas rocas negras en el contraste blanco de los hielos. Y es que los meteoritos son muy útiles para la ciencia. Con una edad de 4.500 millones de años, son las rocas más antiguas de nuestro Sistema Solar, puesto que son parte del mismo material que dio origen a los planetas, pero que quedó sin ser utilizado para tal fin. Así pues, contienen las claves de la formación de nuestro planeta y del resto de planetas rocosos, como Mercurio, Venus y Marte. También es cierto que parte de los meteoritos que llegan a nuestro planeta provienen de Marte y de la propia Luna. Se trata en estos casos de restos de material que ha sido eyectado tras el impacto de un meteorito mayor contra la superficie de la Luna o de Marte. En esos casos, el material eyectado viaja por el espacio hasta que, por casualidad, se encuentra con nuestro planeta y cae en él en forma de meteorito, como el polémico ALH84001, meteorito proveniente de Marte en el que algunos creen haber encontrado huellas de vida marciana.

Vemos, pues, que no es lo mismo un meteorito que un asteroide, aunque el mismo objeto pueda ser ambas cosas en un momento dado. Y, aunque pueda sonar pavoroso, dependiendo del tamaño, esa sutil diferencia entre un asteroide orbitando el Sol y el mismo objeto cayendo sobre la superficie de nuestro planeta, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte de todo ser habitante de nuestro planeta.