Juno desvela los misterios de Júpiter

 

NASA

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Contaban en la Roma antigua que Júpiter era una divinidad pícara y traviesa y se ocultaba entre nubes. Sólo su esposa, Juno, era capaz de ver los secretos que Júpiter escondía tras esas nubes. En la actualidad, del Imperio Romano y sus dioses nos quedan mil historias mitológicas y los nombres de sus protagonistas. Hoy, a dos mil años de la época del gran Julio César, sin duda el mejor general de la historia, Júpiter es sólo un planeta, y Juno, la sonda capaz de mirar entre sus nubes.

Fue el 5 de agosto de 2011. Y fue en Cabo Cañaveral, Florida. Ese día NASA lanzaba la sonda espacial Juno con destino a Júpiter. A veces el camino más rápido no es el más corto. Por eso Juno, en vez de dirigirse directamente a Júpiter, regresó a la Tierra pasando junto a nosotros de nuevo el 10 de septiembre de 2013, para coger velocidad gracias al tirón gravitacional de la Tierra, ahorrando una considerable cantidad de combustible y dinero a la misión. Este cambio de órbita la situó en otra más abierta que llevaría a la sonda a encontrarse, con puntualidad exquisita, con Júpiter el 5 de julio de 2016. Alguno dirá que fue una pena no haberlo cuadrado con el Día de la Independencia de los Estados Unidos… nada más lejos de la realidad: en USA era 4 de julio aún, cuando Juno inició la delicada maniobra de frenado y puesta en órbita. En el fondo, estaba todo calculado. La maniobra duró 35 minutos.

Si tuviéramos la posibilidad de haber visto todo este viaje desde una nave espacial situada sobre el plano de la eclíptica donde se encuentran los planetas, habríamos visto a Juno describir una especie de “e” gigante. Eso sí, que nadie piense que viajar así es gratis: la energía que impulsó a Juno es la misma energía que perdió nuestro planeta al dársela a la sonda. Si hay algo que tenemos claro desde hace 3 siglos es la tercera ley de Newton.

Juno y Júpiter ya están juntos. Juno, a 5000 km sobre las nubes del gigante, girando y girando. Lo hará 37 veces en los próximos 20 meses. En octubre comenzará la recogida de datos con los 9 instrumentos de los que está dotada y del análisis de los mismos esperamos comprender mejor el núcleo de Júpiter (núcleo que se espera sólido y de aproximadamente 5 ó 10 masas terrestres, o no se espera, pues tal es la disparidad de nuestros modelos); hará mapas cartográficos de campo magnético de Júpiter; medirá la cantidad de agua y amoniaco de la atmósfera profunda; observará las espectaculares auroras jovianas. Pero también esperamos obtener información acerca del origen del planeta gigante, de cómo se forman estos planetas y por qué ha terminado tan lejos del Sol, cuando lo que observamos al mirar al cielo nocturno son planetas tipo Júpiter en órbitas más cercanas a su sol de lo que lo está Mercurio del nuestro.

Juno promete. Hemos visto una y otra vez las bandas de nubes de Júpiter. Hemos sacado fotografías y analizado los pocos datos que nos llegan del planeta en forma de radiación electromagnética. Pero Juno promete. Por primera vez podremos mirar dentro de esas nubes: ¿encontraremos a cierta profundidad ese océano de hidrógeno que los científicos suponen que existe? Podremos también por primera vez orbitar ambos polos del planeta… comprender cómo funciona Júpiter, ese gigante que tiene 1.300 veces el volumen de la Tierra y 300 veces su masa. Es tan masivo que casi duplica la suma de las masas del resto de planetas juntos, incluyendo a Saturno.

Ya hubo misiones anteriores a Júpiter. El ser humano, sus sondas en realidad, ya habían estado ahí antes. Las Voyager pasaron de largo, pero hicieron buenas fotografías. Y, ¿cómo olvidar a la sonda Galileo? La nave llegó a Júpiter en 1995; el orbitador permaneció orbitando hasta 2003, mientras que la sonda se zambulló nada más llegar hasta una profundidad de 200 km entre las nubes, hasta que fue aplastada por las altas presiones. Por el camino, consiguió datos acerca de la química y la meteorología de Júpiter. Sus datos llenaron huecos de conocimiento joviano.

Si el océano de hidrógeno que mencionaba antes existe, tendríamos un fluido compuesto por hidrógeno en condiciones de presión tremendas. Los electrones habrían quedado libres y viajarían por el océano como si lo hicieran por un metal. Hidrógeno metálico líquido, podría rezar la etiqueta de un frasco que nos trajéramos de allí, si ello fuera posible tan sólo de imaginar. Esos electrones serían los generadores de las corrientes eléctricas y magnéticas tan poderosas que observamos en Júpiter, a su vez, generadoras de los inmensos campos de radiación del planeta, versión maximizada de nuestros cinturones de Van Allen, que también observamos con nuestros aparatos. Cuando las partículas cargadas del viento solar llegan a Júpiter, son desviadas a los polos, formando auroras enormes en tamaño, visibles por el telescopio espacial Hubble y capaces de albergar nuestro planeta Tierra en su seno.

La magnetosfera de Júpiter no tiene rival entre sus hermanos planetarios. Se extiende unos 7 millones de km hacia el Sol, mientras que por el lado opuesto, la cola llega hasta la órbita de Saturno. Es difícil de imaginar qué significa esto, pero para hacerse una idea, Júpiter está a 5 UA (una Unidad Astronómica es la distancia Tierra-Sol, aproximadamente 150.000.000 km) del Sol y Saturno está a 10 UAs. Eso significa que la magnetosfera de Júpiter es tan grande como la distancia que lo separa del Sol. Además, toda la radiación de alrededor preocupaba y preocupa a los técnicos de la NASA, porque es extremadamente dañina para la nave; sin duda, marcará el tiempo de vida útil de la nave.

Nos esperan unos meses de duro trabajo para aprender más cosas acerca de Júpiter, del Sistema Solar y de nosotros mismos.

 


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