Hablando del metano…

 

Molécula de metano. Cortesía UNAD

Molécula de metano. Cortesía UNAD

Hace poco, en la emisora de radio, la productora del programa Déjate de Historias me hizo una pregunta fuera de micrófono, en una de esas conversaciones de “antes de empezar”, acerca del metano. Para ser sincero, no recuerdo bien qué me preguntó, pero sí recuerdo que pensé que estaría bien hablar del metano debido a todas las cosas curiosas que uno cree saber de este gas y no sabe y de las que no sabe que sabe. Este trabalenguas se entenderá si, de primeras, resuelvo la primera falacia relacionada con el metano: el metano es un gas que no huele. Así que ahí tenemos algo que la gente cree saber del metano y que no sabe realmente. Ahí lo dejo y que cada cual de acuerdo a su sabiduría, entienda lo que acabo de escribir.

El metano es inodoro y eso significa que uno podría estar en una habitación llena de este gas y no se daría cuenta hasta que, por razones obvias, notara que se asfixia al faltar oxígeno. Eso, si no es un fumador empedernido y enciende una cerilla. En este último caso, aunque ese gesto con el fósforo fuera lo último que hiciera, sí podría comprender que la habitación contiene una gran cantidad de metano, antes de expirar. Es curioso porque esta situación de estar en una habitación llena de metano no es tan poco común desgraciadamente como uno pudiera pensar. Los que tienen gas natural en su casa deben saber que el gas natural es en un gran porcentaje, metano: 97% aproximadamente.

Ahora, el lector avispado podría decir que en ese caso, en una habitación llena de gas natural, uno se da cuenta porque el gas huele. Cierto es, pero no huele el metano que forma el gas natural, sino que huele a sustancias que añaden las empresas suministradoras de gas adrede para que las personas se den cuenta de que hay gas en la habitación, y no enciendan el fósforo… esas sustancias suelen ser metanetiol, sulfuro de dimetilo o etanetiol.

Por otra parte, cuando uno asocia el metano al olor de las flatulencias, uno debe entender que más de la mitad de las flatulencias no contienen metano y huelen igual o peor. Esto puede parecer algo escatológico y nunca mejor dicho, porque el olor de la flatulencia tienen más que ver con la presencia del compuesto llamado escatol (de ahí proviene la palabra escatológico; más bien, escatol viene de skatos, palabra griega que significa estiércol). El escatol y otros compuestos, como el sulfuro de hidrógeno usado habitualmente para construir bombas fétidas, el ácido butírico, que da el olor característico que uno percibe cuando se pudren algunos productos lácteos, como la mantequilla y el sulfuro de carbonilo son las sustancias que genera nuestro organismo y que son expulsadas en forma de gas maloliente. Nada que ver, como vemos, con el metano.

Por cierto, en nuestras flatulencias hay también gran cantidad de nitrógeno. Este gas, el más abundante de nuestra atmósfera, simplemente pasa a nuestro estómago al tragar y es expulsado sin haber reaccionado con nada: tal cual entra, sale. Eso sí, acompañado de otros gases: unos producidos por las bacterias que se encuentran en nuestro intestino y otros que no. Llegados a este punto el lector podría preguntarse qué ocurre con el oxígeno y el dióxido de carbono de nuestra atmósfera que también tragamos junto con el nitrógeno. Pues bien, el oxígeno es absorbido por nuestro sistema digestivo. Y dióxido de carbono es tan escaso, que el porcentaje es tan irrelevante para las flatulencias como para el cambio climático.

Unos datos más del metano antes de acabar. Su fórmula química es muy sencilla: un átomo de carbono rodeado de cuatro átomos de hidrógeno, no es soluble en agua y se produce de forma natural cuando se pudren las plantas. En las minas de carbón también se produce metano, pero en ese caso tiene un nombre que más de uno reconocerá: gas grisú. Este gas es altamente peligroso e inflamable y ha causado muchas muertes por explosiones en minas. El grisú no es sólo metano: lo es en su mayor parte, pero también está formado por otros gases como el etano, dióxido de carbono y trazas de hidrógeno, helio y argón. Al ser inodoro, hay que buscar otras formas de detectarlo para que el minero sea consciente del peligro.

Cuando el porcentaje de metano (o grisú) en el aire se sitúa entre el 5 y el 15%, la mezcla es explosiva. Por encima del 15 y por debajo del 5, no se dan explosiones, aunque una llama puede arder mientras se quema el metano. Si embargo, si estamos entre los límites mencionados, una llama, una chispa, una onda de choque o incluso el contacto con una superficie caliente, puede provocar una explosión. Para evitarlo se suele recurrir a la ventilación que garantice que el porcentaje de metano no exceda del 5% y se utiliza maquinaria que no provoque chispas.

Como última curiosidad, en Marte parece haber fuentes de metano desconocidas que traen de cabeza a los científicos. El motivo es que el metano se degenera con cierta rapidez en la atmósfera marciana y su presencia, por tanto, implica una fuente activa de este gas. Esa fuente puede ser geológica o biológica, pero el patrón que sigue el gas en su formación parece más biológico que geológico ya que parece verse afectado por las estaciones y, por tanto, por la presencia de microorganismos debajo del hielo marciano. El rover Curiosity, que amartizó en agosto de 2012, lleva detectores de metano para realizar estudios in situ de este gas y tratar de averiguar su origen. Sería algo espectacular poder confirmar un origen biológico para este gas en un planeta distinto a la Tierra.