El curioso caso del descubrimiento de los satélites de Marte.

Phobos, credit NASA

Phobos, credit NASA

 

A veces parece que toda la ciencia se vuelca, sin una razón lógica, en una idea que luego resulta ser cierta. En esta ocasión, como veremos enseguida, no deja de ser una casualidad como otra cualquiera. Pero han sido tantos y tan excelentes los personajes implicados, que el tema merece un artículo. No hablo de otra cosa que del descubrimiento de los satélites de Marte.

Comencemos por el principio y, para ello, viajemos a la época de Kepler (1571-1630), hacia el siglo XVII. En aquel entonces se conocía la existencia de cinco satélites. Uno, la Luna, orbitaba la Tierra. Los otros cuatro acababan de ser descubiertos por Galileo: eran los llamados planetas Medicianos, en honor a los Médici. Aunque, con gran acierto, el astrónomo Simon Marius cambiaría sus nombres por los de Io, Europa, Calisto y Ganímedes.

No se conocían satélites de Venus y Marte. Pero la época de Kepler era aún la época de la armonía y si la Tierra tenía un satélite y Jupiter cuatro, entonces Venus no debería tener ninguno y Marte, dos. No parece un argumento muy científico. No lo es, de hecho. Pero ni siquiera una mente tan genial como la de Kepler puede escapar a su época, y la armonía de los cielos parecía cosa natural.

Casi cien años después de la muerte de Kepler y 150 años antes del descubrimiento de los satélites de Marte, Jonathat Swift, en “Los viajes de Gulliver”, menciona también la existencia de dos satélites para el cuarto planeta de nuestro Sistema Solar. Quizás, no lo sé, influído por las ideas de Kepler. Quizás, no lo sé, fue casualidad. Pero si uno lee la descripción que hizo Swift de sus satélites imaginarios y la compara con ambos, el parecido es asombro. Incluso Voltaire, en su libro de ficción “Micromegas”, llega a mencionar la existencia de dos satélites para Marte. Voltaire también especulaba y también acertó de casualidad.

Hubo que esperar hasta el año 1877 para que los satélites fueran descubiertos. Tal hazaña se la debemos a Asaph Hall (1829-1907), astrónomo estadounidense autodidacta, sin apenas formación. El fallecimiento de su padre le forzó a trabajar como carpintero, ante la falta de ingresos para sobrevivir. Su trabajo como carpintero le permitió llevar dinero a casa y ayudar, así, a su madre.

La predicción de Kepler seguramente había quedado ya en el olvido en aquella época, en la que el instrumental manejado por los astrónomos había mejorado sensiblemente y nadie había oído hablar de que Marte tuviera satélites. El que quería era capaz de ver canales en el planeta rojo, pero nada de satélites. Además, si uno intentaba seguir el razonamiento “armónico” de Kepler, observaba cosas como que, si Júpiter tenía cuatro satélites, Saturno tenía siete, Urano tenía cuatro y Neptuno, uno. Los cielos no sabían de armonía. Al menos, no de “esa” armonía.

Volvamos a Asaph, cuyo único afán era hacer ciencia. Razonó de la siguiente manera: si Marte tenía satélites, debían de ser muy pequeños y hallarse muy cerca de Marte. Si no fuera así, habrían sido descubiertos hace tiempo. En 1877, se iba a dar la circunstancia periódica de que Marte y la Tierra estarían a su menor distancia. Era, por tanto, el mejor momento para buscar satélites pequeños que orbitaran el planeta rojo.

De este modo, Hall empezó su búsqueda. Primero, en las proximidades de Marte. Trataba de ver pequeños destellos o fulgores moviéndose en torno al planeta y siempre buscando desde fuera hacia la superficie del planeta. El 11 de agosto, su telescopio se dirigía ya tan cerca de Marte que el reflejo de la luz del Sol en el planeta comenzaba a imposibilitar el que pudiera ver cualquier objeto pequeño que orbitara Marte a esa distancia tan cercana. Se rindió. Sin más. No había satélites en Marte. Sin embargo su esposa, Angelina Stickney Hall, le animó a que probara una noche más.

Hall podría haber desistido, pero aceptó los ánimos de su esposa. La noche siguiente localizó un pequeño satélite que no pudo volver a ver hasta unas noches más tarde, debido a que la nubosidad de aquellos días impedía el uso del telescopio. Debieron de ser unas noches infernales para Hall, esperando a que los cielos se abrieran y le permitieran volver a observar. Finalmente, el 17 de agosto conseguía identificar un segundo satélite. Ambos eran pequeños, los de menor tamaño descubiertos hasta entonces. Pero ahí estaban. Hall los bautizó como Fobos (en griego, miedo) y Deimos (en griego, temor). Nombres ambos de los hijos de Marte (Ares), el dios de la guerra.

Fobos y Deimos son apenas rocas. No sabemos si fueron capturados por Marte. Fobos tiene un tamaño de 22,2 km de diámetro. Deimos, tan sólo 12,6 km. Podrían ser, perfectamente, dos objetos del cinturón de asteroides capturados por Marte en alguna carambola cósmica. La teoría de la captura cuenta con el apoyo de la densidad y los albedos de ambos satélites, muy similares a los de los objetos que podemos encontrar en el cinturón de asteroides. Pero presenta inconvenientes muy interesantes: las órbitas de ambos son casi circulares, ecuatoriales y directas, algo que no encaja bien con una captura. Las capturas generan órbitas de alta excentricidad (muy elípticas), retrógradas o formando ángulos altos con el ecuador del planeta.

Fobos tarda 7,6 horas en dar una vuelta a Marte. Está condenado a caer en el planeta, puesto que Marte lo está frenando. Se calcula que tardará entre 30 y 50 millones de años en ser destruido por las fuerzas de marea y quedar convertido en un anillo alrededor de Marte.

Deimos emplea 30,3 horas. Es el caso opuesto a Fobos: Marte lo está acelerando, al igual que hace la Tierra con la Luna. Deimos está condenado a alejarse de Marte con el tiempo, hasta quedar a la deriva…

 


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