Viajero 1 y 2

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No son pocas las ocasiones en las que me pregunto qué encendió la chispa en el cerebro de nuestros antepasados que nos llevó hasta aquí. Tiendo a pensar que nuestra curiosidad por las luminarias de la noche tuvo algo que ver. Quizá hace cincuenta mil años o más alguien miraba al cielo nocturno con curiosidad y se hacía preguntas. Puede que, incluso, pensara con arrogancia una forma de viajar hasta allí, aunque creyera que, así, podría visitar a otras gentes. La arrogancia nos ha acompañado desde tiempos históricos. Y es esa valentía, no tengo dudas al respecto, la que ha conseguido llevar un objeto creado por el hombre a diecinueve mil millones de km de casa. Lejos. Muy lejos. Nuestra especie es arrogante. Sí. Y valiente. También. Pero, a veces, lo olvidamos.

Quizás nos resulte complicado trasladar a algo asimilable esos diecinueve mil millones de km.  La Luna, el primer cuerpo celeste y único hasta el momento sobre el que el ser humano ha puesto el pie se encuentra a unos trescientos ochenta y cuatro mil km. Nuestro Sol está a unos ciento cincuenta millones de km. Júpiter orbita a cinco Unidades Astronómicas, esto es, setecientos setenta y ocho millones de km del Sol. Todas esas cantidades son difíciles de imaginar. Diecinueve mil millones de km es más que difícil de imaginar: es abrumador. Pero para hacernos una idea de qué representa esta distancia, reduzcamos el Sol a una esfera de un metro de diámetro. En ese caso, la Tierra sería una esfera de 9 mm a 107 metros de distancia y Júpiter sería una esfera de 10 cm a 560 metros de distancia. El Voyager sería una partícula del tamaño de un átomo a 13,5 km de distancia. Quizás así nos podamos hacer una idea.

Empecemos por el principio… Fue en la década de los años setenta. El hombre acababa de conseguir un hito histórico prueba, también, de su arrogancia: había conseguido viajar por el espacio y poner un pie en la superficie de otro cuerpo celeste distinto al del planeta que le vio surgir como especie. La Luna estaba ahí desde siempre para acentuar nuestra inteligencia, para forzar nuestras preguntas, para hacernos avanzar y como primer puerto hacia las estrellas. Y los herederos de aquellos primeros homínidos de hace cincuenta mil años o más, lo habían conseguido. Habían dado ese pequeño paso para el hombre arrogante. Ese gran salto para la humanidad.

Voyager 1 y Voyager 2 fueron lanzados con días de diferencia en agosto y septiembre de 1977, pero con planes de vuelo bien distintos. Aunque ambos se lanzarían hacia Júpiter y hacia Saturno y recibirían de ambos planetas sendos tirones gravitacionales, Voyager 1 saldría disparada hacia lo que sería el “hemisferio norte” del Sistema Solar, mientras que Voyager 2 lo haría hacia el “hemisferio sur”, si es que me permitís expresarme de semejante manera. Los operadores de las antenas de Robledo de Chavela, una de las tres estaciones de espacio profundo de NASA, saben muy bien lo que esto significa: no pueden detectar al Voyager 2 desde Madrid. Sí al Voyager 1.

La magia de Newton y la simpleza de su física es lo que llevó a los técnicos de la NASA a planificar esos “tirones gravitacionales” que alejarían para siempre ambas naves de la Tierra. La idea era acercarlas a Júpiter primero y a Saturno después en un determinado ángulo de “abordaje”, de tal manera que sufrieran un empujón gravitacional, una aceleración que les permitiera abandonar la influencia gravitacional del Sol y poder abandonar nuestro Sistema Solar, llegando a la estrella más cercana a nuestro sol hacia el año 72.000 de nuestra Era, haciendo honor a su nombre. Pero el viaje de los Voyager no terminará ahí: ambas darán su primera vuelta a nuestra galaxia dentro de centenares de millones de años. Me abruma pensar que seguirán ahí, aunque nosotros y nuestros sueños se hayan extinguido para siempre.

Por el camino, los viajeros nos han dejado muchas sorpresas. Unos días después del despegue, el Viajero 1 giró su cámara de fotos hacia atrás y realizó la primera fotografía de la Tierra y la Luna juntas en el espacio. Es una imagen estremecedora por su fragilidad y por lo que representa. No dejo de pensar que somos unos privilegiados al poder contemplar tal imagen hasta hace poco sólo al alcance de los dioses.

Pasar tan cerca del gigante Júpiter tiene sus ventajas: el Viajero 1 descubrió algo inimaginable y que dio qué pensar a los científicos: el más grande los planetas también tiene un anillo como Saturno. Es mucho más fino y oscuro y, por tanto, imposible de apreciar desde la Tierra con la tecnología de la época, a no ser que estuvieras allí para verlo. Un espectáculo maravilloso en todo caso.

Los viajeros descubrieron también el primer volcán activo fuera de la Tierra. Fue al pasar cerca del satélite de Júpiter, Io. La sonda se alejaba y alguien hizo girar la cámara para una última foto. De repente, desde el hemisferio norte del satélite, un chorro de material eyectado llamó la atención de los astrónomos. Por primera vez, el ser humano contemplaba un volcán fuera de nuestro planeta. Aprendimos mucho con aquello. Por ejemplo, supimos como actúan las fuerzas de marea dentro de los satélites que orbitan a los planetas gigantes y que, sin duda, provocan fenómenos volcánicos. Aunque la lava sea agua y amoniaco.

Carl Sagan definió los Voyager como robots semiinteligentes, maravillosamente construidos, que exploran mundos desconocidos. Están hechas de millones de piezas separadas montadas de modo redundante, para que si falla algún componente otros se hagan cargo de sus responsabilidades. Cada uno pesa 900 kg y llenaría una sala de estar grande. Cuentan con una pequeña planta de energía nuclear, que extrae cientos de watios de la desintegración radiactiva de una pastilla de plutonio. Esta pastilla se agotará en unos pocos años. Puede que dure alrededor de 10 años más, como mucho. A partir de entonces, el viajero enmudecerá.

Pero antes de agotarse, le permite radiar sus descubrimientos hacia la Tierra mediante una antena de 3.7 metros de diámetro. Jesús Calvo, Director de la estación de Robledo de Chavela, me confesó en una entrevista que le hice hace un año y medio para esRadio, que el Voyager lanza hacia la Tierra durante un año para comunicarse con nosotros tanta energía como la necesaria para hacer brillar una bombilla de un watio de potencia durante un segundo. “Eso y nada…, ¿verdad?”, recuerdo que le dije…

Pero es suficiente como para que sepamos donde está y para que hayamos descubierto que ya ha llegado a la heliopausa, esa zona donde la influencia del Sol se reduce a cero y los detectores de viento solar de la sonda detectan más viento proveniente del espacio interestelar que de nuestro propio sol. Los creadores de esta misión pensaron que los Voyager entrarían en la heliopausa a mediados de este siglo. La nave se ha adelantado, pero quizás sea porque nos resulta más fácil poner una sonda a 19.000 millones de km que saber donde empieza realmente la heliopausa.

No sé si algún día el Voyager se dará de bruces de nuevo con nuestro planeta. No sé qué pasará si eso ocurre, si habrá alguien para recibirla y sentirse orgulloso de sus antepasados. Tendrán que pasar millones de años hasta entonces. ¡Quién sabe lo que la Humanidad habrá conseguido para entonces! Bueno, al menos sí sabemos una cosa: que dentro de millones de años una sonda fabricada en el tercer planeta del Sistema Solar, seguirá su viaje y, como en “Star Trek, la Película”, puede que regrese en busca del creador.

Dejadme terminar con unas palabras de Carl Sagan, el creador…

“Las dos naves espaciales Voyager van camino de las estrellas. Llevan cada una un disco fonográfico de cobre con un cartucho, una aguja y en una cubierta de aluminio del disco instrucciones para su uso. Enviamos algo sobre nuestros genes, algo sobre nuestros cerebros, y algo sobre nuestras bibliotecas a otros seres que podrían estar surcando el mar del espacio interestelar. Incluimos saludos en 60 idiomas humanos y saludos de las ballenas yubartas. Enviamos fotografías de hombres de todas las partes del mundo. Hay una hora y media de música exquisita procedente de muchas culturas. Incluimos los pensamientos y sensaciones de una persona, la actividad eléctrica de su cerebro, corazón, ojos y músculos, que se grabaron durante una hora, se transcribieron en sonido, se comprimieron en el tiempo y se incorporaron al disco. Tardará decenas de miles de años en llegar a la estrella más próxima: cualquier programa de televisión recorre en horas la distancia que el Voyager ha cubierto en años.”

 


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