Vida en el Sistema Solar.- Marte

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Christiaan Huygens (1629-1695) escribió hacia 1690, en su obra Nuevas conjeturas referentes a los mundos planetarios, sus habitantes y sus producciones, lo siguiente:

Un hombre que opine como Copérnico, que esta Tierra nuestra es un planeta conducido alrededor del Sol y alumbrado por él como los demás, no podrá evitar que le asalte alguna vez la fantasía… de que el resto de los planetas tienen su propio vestido y su mobiliario, incluso unos habitantes, al igual que esta Tierra nuestra… Pero siempre podíamos concluir diciendo que no valía la pena examinar lo que la naturaleza se había complacido en hacer allí, ya que no había probabilidad alguna de llegar alguna vez al final del examen… Pero hace poco, estaba yo pensando bastante seriamente sobre este tema (y no es que me considere un observador más fino que aquellos grandes hombres [del pasado], sino que he tenido la suerte de vivir después que la mayoría de ellos), cuando pensé que este examen no era tan impracticable ni el camino tan lleno de dificultades, sino que dejaba un margen muy bueno para posibles conjeturas.

Huygens escribió estas letras cinco años antes de su muerte. Le tocó vivir una época excepcional, aunque en buena parte la excepcionalidad se la debamos a él y a su trabajo en ciencia. Hoy, más de trescientos años después, también sentimos que vivimos una época excepcional y que el momento de «llegar al final del examen» es nuestro momento y nos toca a nosotros vivirlo.

Que el «examen no era tan impracticable ni el camino tan lleno de dificultades» es algo de lo que las más de diez mil personas que trabajaron en la fabricación, diseño, lanzamiento y control de misión del Viking 2, tienen mucho que decir. Sus nombres (todos) están escritos en un pequeño cuadrado negro con bordes blancos en la propia nave espacial, que llegó a Marte en 1976.

También tendrían mucho que decir el resto de personas que han trabajado en misiones posteriores a nuestro planeta vecino: desde sondas que se “limitan” a orbitar el planeta tomando fotografías, hasta el propio Curiosity, una obra de arte de la ciencia, la técnica, el orgullo y deseo humanos por llegar cada vez más lejos.

Pero volvamos a 1976. Volvamos a los Viking por una razón bien sencilla: aunque se cumple ahora un año y un mes de la llegada del Curiosity a Marte, de su “amartizamiento”, si me permitís el vocablo, el Curiosity y la tecnología con la que se fabricó, le deben mucho a los Viking. Buena parte del conocimiento científico que tenemos de Marte nos vino de lo que los Viking pudieron registrar tras su amartizaje. Y, sin duda, no habríamos podido lanzar el Curiosity con tanta precisión y hacerlo llegar en tan buen estado, sin ese conocimiento. Además, y es realmente la parte que me interesa de todo esto, Viking y Curiosity tenían una misión común: analizar la posibilidad de existencia de vida en Marte…

El caso es que aquel 1976 se realizaron varios experimentos relacionados con la astrobiología a bordo de las sondas Viking. Ambas naves llevaban un brazo de muestreo capaz de obtener muestras del suelo marciano y transportarlas hacia cinco experimentos distintos: uno para analizar la química inorgánica del suelo, otro con el fin de buscar partículas orgánicas en las muestras y tres experimentos más que buscaban encontrar vida microbiana.

Y, como resultado de los mismos, de repente, surge la alarma: ¡hay signos de vida en Marte! Rápidamente la alarma se convirtió en la frustración de algunos. De muchos, ¿a qué negarlo? Los científicos habían tomado como signos de vida extraterrestre los resultados de unas reacciones químicas extremadamente activas. En palabras del propio Carl Sagan «los resultados han sido tentadores, fastidiosos, provocativos, estimulantes…»

Pero no penséis que la discusión quedó ahí: todavía hay científicos que creen que la interpretación biológica de los resultados de aquellos experimentos es la correcta y que realmente las reacciones químicas se produjeron debido a “marcianos” y no tanto por reacciones químicas inorgánicas.

La incertidumbre de estos experimentos se la debemos a la arcilla. En 1971 hubo una gran tormenta de arena en Marte y el Mariner 9 obtuvo datos espectrales del polvo. Esos datos fueron analizados por O.B. Tollon, J.B. Pollack y el propio Carl Sagan, encontrando rastros de arcillas en los mencionados espectros. Incluso las observaciones posteriores realizadas por las sondas Viking apoyaron la identificación de las arcillas arrastradas por los vientos marcianos.

Posteriormente a los experimentos de los Viking, dos científicos, A. Banin y J. Rishpon, fueron capaces de reproducir los resultados de los experimentos de las sondas Viking en un laboratorio poniendo arcilla en vez de suelo marciano: las arcillas resultan ser muy activas, reaccionando con facilidad, emitiendo gases y catalizando reacciones químicas.

En definitiva, tanto microbios marcianos como la arcilla marciana pudieron dar el mismo resultado, por lo que seguimos sin saber si hubo o no hubo microbios a los que les gustase la comida que les llevaron los científicos de la Tierra a bordo de las naves Viking. Por cierto que los resultados positivos de microbios marcianos (o arcillas marcianas) se obtuvieron en siete muestras diferentes y en dos lugares de Marte separados 5.000 km, puesto que la Viking 1 amartizó en Crise y la Viking 2 lo hizo en Utopía.

Pero para ser sinceros, los datos que nos llegan de Marte nos muestran un planeta terriblemente oxidante, arrasado literalmente por la radiación ultravioleta que llega del Sol y, por tanto, nos muestran un mundo que es terriblemente hostil para la vida. Pero que sea tan oxidante puede explicar por qué no se encontraron muestras de materia orgánica en el suelo marciano. Es decir, si hay vida en Marte capaz de vencer esa hostilidad marciana, debería haber pruebas en forma de “cuerpos muertos”. Pero un suelo terriblemente oxidante sería capaz de acabar con esas pruebas simplemente disolviendo la materia orgánica, como ocurre cuando el agua oxigenada cae sobre una bacteria.

¿Ha sido Marte siempre tan hostil para la vida? La respuesta es claramente no. Sabemos, por la reconstrucción de la historia del planeta, que hace entre 4.000 y 3.500 millones de años, Marte era mucho más húmedo y cálido. Ese periodo de tiempo se corresponde con el llamado periodo goldilocks, cuando Venus, la Tierra y Marte debieron tener un aspecto y unas condiciones muy parecidas y coincide, además, con el momento en el que surgió la vida en la Tierra. Muchos científicos piensan con una lógica aplastante que condiciones similares deberían dar origen a “vidas” similares. Es por esto por lo que pensamos, así lo creo yo también, que bien podría haber en Marte fósiles semejantes a los que podemos encontrar en la Tierra correspondientes a ese periodo de tiempo; serían fósiles de organismos que utilizasen el dióxido de carbono junto con la energía solar para obtener energía. A partir de ahí, son las diferentes evoluciones de los tres planetas las que determinaron que la vida permaneciese y evolucionase en la Tierra y, casi con toda seguridad, desapareciese en Venus y Marte.

En el caso de Marte, al ser un planeta mucho más pequeño que la Tierra, tuvo que enfriarse mucho más rápidamente (no olvidemos que estamos hablando de hace entre 4.000 y 3.500 millones de años; es decir, hablamos de un planeta recién formado y, por tanto, con un núcleo y manto más calientes que en la actualidad). El enfriamiento de Marte y la dificultad para mantener el agua líquida en un planeta pequeño, con una atmósfera que seguramente fue haciéndose menos densa con el paso del tiempo, hicieron el resto. Dependiendo del tiempo en que tardara el agua el desaparecer, la evolución de la posible vida marciana podría haber generado organismos eucariontes (si el agua líquida hubiese durado unos mil millones de años, y siempre en comparación con la Tierra); vida procariótica si el agua líquida hubiese durado unos cientos de millones de años, con un ambiente húmedo posterior (este caso podría permitir la existencia hoy en día de vida endolítica); o bien, en el caso de que hubiera un ambiente húmedo durante unos pocos cientos de millones de años y luego un ambiente totalmente seco, la vida podría haber surgido, pero sus posibilidades de evolucionar habrían sido muy remotas.

Por eso, aún hoy, siguen vigentes aquellas palabras del gran maestro Carl Sagan en su libro Cosmos:

Hace muchos años, según reza la historia, un célebre editor de periódicos envió un telegrama a un astrónomo destacado: «Telegrafíe inmediatamente 500 palabras sobre posible existencia vida en Marte». El astrónomo respondió obedientemente: «Lo ignoramos, lo ignoramos, lo ignoramos…» 250 veces.

 


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