Thomas Alva Edison (1847-1931)

A Thomas Alva Edison (1847-1931) le tocó vivir una época apasionante, llena de descubrimientos y nuevos inventos pero que, vista con perspectiva, nos resulta algo extraña a los científicos de hoy en día. Entre 1830 y 1880, el mundo vivió tremendos avances en el dominio de la aplicación de la electricidad y las comunicaciones, pero fue la ciencia la que recibió de la práctica, y no al revés. Lo lógico, lo normal, la forma óptima es que de una teoría científica, los ingenieros creen tecnología y no al revés. Pero a mediados del siglo XIX, los prácticos, los inventores, los técnicos, tenían motivos para pensar que los tremendos avances que estaban teniendo lugar y que afectaban a la sociedad se debían principalmente a ellos, y no a la ciencia; no a los teóricos que dominaban el aparato matemático de la teoría electromagnética. De hecho, ese sentimiento se llevó a tal extremo que los ingenieros sentían una verdadera superioridad sobre los científicos, por lo que la mayoría de ellos ignoraron la teoría maxwelliana.

Esto cambió a partir de la década de los 90, cuando se comenzó a educar a los ingenieros en la teoría de Maxwell debido a que en 1888 el estudiante Heinrich Hertz (1857-1894) fue capaz de demostrar una predicción de Maxwell crucial para la tecnología: la emisión de ondas electromagnéticas, de energía, cuando se aceleran partículas cargadas. A partir de ese momento, la ciencia comenzó a adquirir más peso frente a unas nuevas tecnologías en las que las corrientes alternas y los efectos del campo electromagnético jugaban un papel esencial.

Decía mi profesor, José Manuel Sánchez Ron, del señor Edison que “fue la quintaesencia del electricista educado a medias, del inventor con escaso bagaje teórico”. Y es cierto. Nadie como Edison para reflejar ese conflicto o división, más bien, entre un pasado dominado por inventores prácticos y un futuro liderado por ingenieros con una sólida formación científica en la teoría electromagnética. Edison, incapaz de trabajar con las corrientes alternas (Nicola Tesla le ganó la partida por goleada) como lo hizo con las continuas, llego a afirmar “nunca supe nada de esto”. Y fue, quizás, uno de los primeros en darse cuenta de que para ser un gran inventor, había que ser un buen científico, lo que le llevó a construir, entre 1886 y 1888, un laboratorio en West Orange, New Jersey: Edison era consciente de que sus negocios necesitaban de la ciencia. Pero no nos adelantemos…

En 1855, cuando contaba con 8 años, ingresó en la escuela. Cuentan algunos que pasado un corto periodo de tiempo, los profesores le tildaron de mal alumno, e incluso de niño deficiente, lo que le hizo regresar a su casa llorando. Quizás fue ese el detonante que llevo a su madre a decidir educarlo en casa. Y no es de extrañar, dadas las circunstancias, que el joven Edison fuera convirtiéndose en una persona tímida, con una personalidad compleja y algo enfermizo. Pero supo sacar fruto de sus largas temporadas encerrado en casa por su mala salud, satisfaciendo sus ansias de lectura.

En 1859 comenzó a vender diarios y dulces en el tren que realizaba el recorrido entre Port Huron y Detroit. Nadie sabe cómo lo hizo, pero consiguió permiso de los maquinistas para realizar investigaciones científicas caseras en un vagón vacío, durante las interminables horas que el tren estaba detenido en Detroit. Jugaba con productos químicos y cargas eléctricas. Una combinación explosiva. Por eso, aunque nunca se supo a ciencia cierta qué ocurrió realmente, todos le tomaron como el culpable del tremendo fuego que afectó al tren: probablemente era el único en todo el tren con capacidad para provocar un incendio por accidente.

Cuentan algunos que fue precisamente aquel fuego el que provocó su sordera. Más que el fuego en sí, la tremenda paliza que el maquinista le propinó tras apagar el terrible incendio. El caso es que el futuro inventor del fonógrafo, su invento preferido, se quedó sordo para toda la vida. Si hacemos caso a su padre, fueron innumerables las veces que afirmó que la sordera no le venía del famoso incidente del tren, sino que la causa real fue una escarlatina mal curada, contraída durante sus años de niño enfermizo y delicado. Probablemente nunca sabremos la causa real.

Pero su relación con los medios de transporte no terminó aquí. Otro suceso interesantísimo le sirvió para dar un giro inesperado a su vida y es que el destino, como siempre, sigue su propio camino. Fue en 1862. Edison observó, alarmado, como un furgón de reparto iba a atropellar sin remedio a un niño de tres años aproximadamente. No se lo pensó dos veces y se arrojó para salvar la vida del niño. El padre del niño resultó ser J.U. Mackenzie, el jefe de estación y, en agradecimiento, le ofreció un trabajo como telegrafista.

Edison aceptó el trabajo, aunque ser operador de telegrafía no era la panacea: no estaba ni bien visto, ni bien pagado. Un telegrafista debía estar dispuesto a viajar mucho, siempre atento a la posibilidad de tener que construir una nueva red telegráfica, y la mayoría eran jóvenes sin mucha preparación. Pero seguramente ese trabajo podría ofrecerle la posibilidad de seguir realizando experimentos por su cuenta. Algo en lo que ahora, más que nunca, estaba muy interesado, dado que había leído los trabajos de Faraday y cada vez se sentía más atraído por la electricidad. Y fue en 1869 cuando decidió abandonar el trabajo de telegrafista y dedicarse a patentar ingenios pensando que tal vez eso le daría para vivir.

Su primer invento fue una máquina para contar votos en las elecciones. El artilugio no era más que una circunferencia de papel que giraba en torno a un eje. Una serie de varillas golpeaban el disco según se tecleaba en sistema morse, lo cual generaba una transmisión eléctrica que viajaba por cable hasta un lugar donde otra máquina receptora lo recogía y lo reproducía sobre otro disco de papel. Muy ingenioso, pero los políticos nunca se fiaron de ese sistema. No obstante, Edison llegó a sacarle partido al aparato, ya que le sirvió para patentar un nuevo invento: la cinta continua de impresión de las cotizaciones de bolsa, invento que le reportó unos 30.000 dólares. Toda una fortuna en aquella época que le permitió dedicarse con exclusividad a su tarea de inventor. A aquella altura algo estaba claro, y es que el chico tímido se transformaba a la hora de trabajar y ganar dinero en una persona muy distinta.

Si no hubiera sido por la muerte de su madre en 1871, podríamos decir que aquellos años fueron felices para Edison. El mismo año de la muerte de su madre contrajo matrimonio con Maryl Stilwell, pero el laboratorio era un amante demasiado poderoso con el que no pudo Maryl y muy pronto la relación se deterioró: Edison pasaba las noches enteras haciendo experimentos, en vez de atender a las necesidades mutuas del matrimonio. Aún así pudo concebir tres hijos. Los dos primeros, una niña llamada Marion y un niño llamado Thomas, recibieron el curioso mote de “Punto” y “Raya”, en honor a los símbolos del código Morse.

Menlo Park, conocido como la fábrica de inventos, nació en 1876. Fue un laboratorio donde Edison pudo desarrollar toda su inventiva al diseñar un complejo sistema de producción con el fin de que todos los empleados intervinieran en los procesos creativos de cualquier invento patentable. Allí mejoró la patente del teléfono, por ejemplo. Alexander Graham Bell no encontraba la manera de que el sonido que salía por el auricular no fuera extremadamente débil. Edison y su equipo de Menlo consiguieron en tan sólo un año, presentar un prototipo que resolvía el problema utilizando micrófonos de carbón granulado en el altavoz. Y no sólo eso. En Menlo nació también el fonógrafo, en 1877, invento que le catapultó a la fama y le ayudo a tener unos ingresos extra.

Pero no todo fueron “luces” en la vida de Edison. Su falta de moralidad le llevaba a robar literalmente las ideas de otros, aprovechando un momento en el que el concepto de propiedad intelectual no estaba claramente definido. Llegó a decir de sí mismo “robo, igual que hacen otros; pero yo sé robar mejor”. Precisamente, investigando las lámparas de arco de carbón, “tomó prestadas” las ideas de Wallace y Farmer y construyó la primera bombilla; se esforzó en buscar materiales más adecuados y finalmente dio con un filamento de fibra carbonizada de bambú que era capaz de generar luz durante mil horas.

Pero Edison era práctico, no teórico. Y aquello empezó a pesar en sus negocios. Su incapacidad para trabajar con la corriente alterna le forzaba a utilizar siempre corriente continua, por lo que no pudo hacer realidad su sueño de convertirse en el responsable de la iluminación de cada casa de todas las ciudades del mundo, a pesar de crear su propia compañía eléctrica, Electric Light Company. Su uso de corriente continua forzaba a la existencia de un generador de energía en cada hogar, algo que era prácticamente imposible. Nikola Tesla, sin embargo, entendía la corriente alterna y comenzó a realizar experimentos que, posteriormente, demostraron que la corriente alterna era el camino.

En 1888 se terminaba de construir un laboratorio en West Orange, New Jersey. Fue un lugar donde primó la ciencia y donde Edison exigió a sus ingenieros una sólida formación científica. Comenzó quizás, en aquel momento, a cambiar la mentalidad de los prácticos frente a los teóricos; de los ingenieros sin formación, como Edison, autodidacta él y autodidactas muchos, que se sentían muy superiores a los científicos y, poco a poco, fueron entendiendo que no habría tecnología sin ciencia, inventos sin ciencia, dinero sin ciencia…

El 18 de octubre de 1931 la muerte encontró a Edison millonario, famoso y trabajando en la que sería su patente número 1.094.


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