CURIOSITY, MUCHO MÁS QUE CURIOSIDAD

El amartizaje

La mañana del 6 de agosto de 2012, el rover Curiosity llegaba a las proximidades de Marte, tras un viaje de nueve meses. Con ello, la misión Mars Science Laboratory (MSL) ya había conseguido su primer éxito. Pero esa proeza que ahora vemos como algo rutinario, no serviría de nada si algo fallaba en los próximos siete minutos. La velocidad de la nave, 21.000 km/h, era la correcta en ese punto, justo donde comienza o se pierde (según se mire) la tenue atmósfera de Marte. Había que frenar la nave hasta unos cómodos 3.6 km/h, una velocidad de paseo suave para un ser humano. Y para llevar a cabo esa frenada, para sobrevivir a esos siete minutos, NASA había desarrollado un nuevo sistema de amartizaje. Un sistema 100% automático y que se iba a probar por vez primera.

Alunizar no es lo mismo que amartizar. En la Luna no hay atmósfera. En Marte sí. Muy tenue, pero hay atmósfera. Para que os hagáis una idea de lo tenue que es, si un avezado explorador humano escalara los 23 km del monte Olimpo, el volcán más grande de Marte y de todo el Sistema Solar, podría ver desde su cima las estrellas, a plena luz del día. Pero lo importante cuando envías una nave a un planeta y diseñas un procedimiento de aterrizaje, es saber exactamente qué te vas a encontrar. En el caso de la atmósfera marciana, saber cual es su densidad y en qué momento pasamos del vacío absoluto del espacio, a rozar con los átomos y moléculas que la componen. Y para este viaje, lo sabemos muy bien. Tan bien, que podemos saber cuánto va a frenar la atmósfera marciana a nuestra nave y cómo de grande debe ser el paracaídas del Curiosity.

La entrada en la atmósfera es algo espectacular. La nave empieza a ser frenada por el choque a toda velocidad con las primeras capas de la atmósfera, mientras los nervios en Control de Misión van en aumento. Se produce la ionización, que hace que brille la nave como si fuera un meteoro típico de los que podemos ver cualquier noche despejada en la Tierra. La temperatura se eleva hasta los 2.000ºC, algo que los ingenieros sabían que iba a ocurrir, por lo que aislaron el rover térmicamente al máximo. Enseguida, la nave ha frenado lo suficiente como para que la ionización desaparezca. Poco después, se abre un paracaídas. Hay que saber muy bien a qué velocidad se va a mover la nave en el momento de abrir el paracaídas, porque hay que fabricar uno que la frene adecuadamente de acuerdo a la velocidad y a la densidad atmosférica. En el momento de la apertura, en Control de Misión ya respiran de otra manera. El final estaba cerca y hasta ahora, todo había salido según lo previsto…

Durante toda esta fase, la nave va envuelta por una protección que se parece mucho a un plato de comida al que le han puesto la típica tapa de aluminio que el camarero retira con mucho arte cuando deposita el plato sobre la mesa: plana por abajo y con una especie de caparazón que ha servido, además, para proteger la nave durante la entrada a máxima velocidad en la atmósfera. Dentro viaja el rover, enganchado, además, a otro dispositivo para la última fase del descenso: el retrocohete. Ya con el paracaídas funcionando a pleno rendimiento, la tapa de abajo sale disparada, quedando únicamente “la cobertura” con el rover y el retropropulsor, dentro. Y ahora viene lo más emocionante: a unos metros del suelo, de la cobertura se desprenden el rover junto con el retrocohete, que al encender los cohetes apuntando al suelo, terminan de frenar  y estabilizar al rover.

A unos metros del suelo, el rover se desprende por unos cables, despliega las ruedas que llevaba abrazadas a su tripa metálica y está listo para tomar Marte. Una vez que las seis ruedas del Curiosity están sobre la superficie del planeta rojo, el armazón con los retrocohetes suelta los cables al notar que no hay tensión y hace una maniobra evasiva al más puro estilo F-18. Curiosity está en Marte. Control de Misión puede respirar tranquilo y el procedimiento de amartizaje, 100% automático, ha funcionado con éxito. Ha llegado el momento de los abrazos, las alegrías y las emociones descontroladas. Y la sonda empieza a transmitir sus primeras imágenes del suelo que pisa a las antenas de espacio profundo de NASA y ESA. Es la séptima vez que amartizamos con éxito. Por cierto, el punto de aterrizaje únicamente se desvió a 2.4 km del punto previsto. En realidad, NASA tenía marcada una elipse de varios km que abarcaba todas las posibles zonas del amartizaje y Curiosity cayó dentro de esa elipse, a 2.4 km del centro.

La sonda Mars Express de la Agencia Espacial Europea (ESA), monitorizó la entrada en la atmósfera marciana del Curiosity y grabó todos los datos posibles desde la entrada hasta que las ruedas se posaron sobre la superficie marciana. Para poder hacerlo, NASA solicitó a ESA que modificara la órbita de la Mars Express, que gira alrededor de Marte desde 2003, para que ajustara su posición y pudiera ser testigo de excepción de la entrada del Curiosity en Marte. De este modo, si algo hubiera salido mal, NASA dispondría de unos datos privilegiados a la hora de poder averiguar la causa del problema. Devuelve así ESA “los favores” de NASA cuando ayudaron a la entrada en órbita de la Mars Express, en el año 2003, demostrando que la colaboración entre ambas agencias es fundamental para la exploración espacial. También los satélites de NASA en Marte, Odyssey y Reconnaissance Orbiter, grabaron información y la reenviaron a la Tierra con el mismo fin.

La misión

A diferencia de otras sondas enviadas a Marte, Curiosity es del tamaño de un coche y tiene una masa de una tonelada (tendrá la misma masa en Marte, aunque pesará algo menos debido a la menor gravedad marciana, que es casi 3 veces menos que la terrestre). Para mover esa tonelada y los dos metros de altura del robot, el rover cuenta con un motor de plutonio que se espera alimente al vehículo durante al menos 14 años. Sin duda, es el vehículo más avanzado tecnológicamente que ha puesto pie en otro planeta.

El objetivo fundamental del Curiosity es estudiar la habitabilidad del planeta y determinar si pudo albergar condiciones adecuadas para la vida en otras épocas. Algo que nos ayudará a comprender mejor cómo surgió la vida en nuestro propio planeta. Para ello, Curiosity cuenta con un brazo extensible de dos metros que contiene en su extremo un taladro para perforar rocas, una pequeña pala para recoger tierra y una lente de aumento para hacer de lupa. Además, Curiosity tiene la capacidad de calentar las muestras obtenidas cientos de grados para buscar la presencia de compuestos orgánicos producidos por algún ser vivo. Es un geoquímico en toda regla.

El punto de amartizaje

Como todo en una misión espacial, el punto de amartizaje ha sido cuidadosamente escogido. Se trata del cráter Gale, de 150 kilómetros de diámetro y situado en el ecuador marciano. Esta ubicación garantiza una temperatura de aproximadamente 27 grados centígrados, mucho más agradable que la media del planeta, unos 50 ºC bajo cero. En esas condiciones, si en Gale hay agua la podríamos encontrar en estado líquido, aunque esta circunstancia es muy complicada, debido a que la falta de presión atmosférica en Marte casi imposibilita la existencia del agua líquida: al ser la presión tan baja debido a la atmósfera tenue, el agua tendería a evaporarse. Gale, además, tiene una edad de unos 3.800 millones de años; momento en el tiempo en el que se cree que Marte pudo tener agua líquida en cantidad considerable y una atmósfera más digna. Curiosity analizará el terreno sedimentario de ese hipotético océano.

España está en Marte

España colabora en esta misión con un equipo propio: se trata de la estación meteorológica que lleva el robot Curiosity abordo, conocido como REMS y que permitirá a los científicos obtener datos muy precisos de temperatura, presión, velocidad del viento y radiación solar. El REMS, además, se ubica en una posición privilegiada: el “cuello” del Curiosity, justo debajo de la “cabeza”.

España, además, representa a Europa, ya que es el único país de la Unión que ha desarrollado uno de los diez equipamientos científicos de la misión.


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