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John Couch Adams y Neptuno

Mil seiscientos millones de kilómetros más allá de Urano se encuentra Neptuno, el dios del mar de los romanos, el Poseidón griego, de una belleza azul que deslumbra. Fue “encontrado”, y digo bien, en 1846 por el astrónomo alemán Johan Galle (1812-1910). La localización de Neptuno es, sin duda, uno de los éxitos de la teoría de Newton y de John Couch Adams (1819-1892), matemático y astrónomo británico que pasó a la historia de la ciencia por predecir la existencia y posición del nuevo planeta utilizando únicamente las matemáticas y la teoría de la gravitación de Newton, por supuesto.

Lobos transgénicos

Lo reconozco: si no hubiera estudiado física, habría estudiado biología. En concreto genética. Aunque la base de la genética no deja de ser la química y, por tanto, la física, por ser la química parte de la física, la genética en sí tiene mucho que ofrecer para una mente curiosa. De ahí que quiera contar hoy un estudio que, aunque tiene ya algún tiempo, me sigue pareciendo muy actual y espectacular.

Lago Gale, cráter Gale…

En agosto de 2012, NASA hizo fácil lo difícil. La nave CURIOSITY aterrizaba o amartizaba, como lo queramos decir, en suelo marciano. No es tarea fácil llevar una sonda a Marte. Y lo es menos, si esa sonda es del tamaño de un coche y lleva entre sus tripas la tecnología punta de la que somos capaces actualmente. Por otra parte y para añadir un poco más de dificultad, la nave no era adaptativa: es decir, llevaba el plan de vuelo definido desde Tierra, por lo que no hubiéramos podido evitar lanzarla contra una tormenta de arena, si esas hubieran sido las condiciones en el momento y lugar de aterrizaje. No es fácil llevar una sonda a Marte. Y si no, que se lo digan a la ESA que, hace unos meses, perdía el módulo de aterrizaje de la EXOMARS, la sonda Schiaparelli, intentando una hazaña similar. La ESA tiene una asignatura pendiente con Marte.

La relación entre los géisers de Europa y la vida.

Una de las primeras misiones en las que se embarcó el ser humano cuando comenzó a atisbar la «orilla del océano cósmico» fue la de los Viajeros 1 y 2, los Voyager 1 y 2. A modo de carabelas, como diría Carl Sagan, estas naves exploran el cosmos. Se diseñaron para un viaje sin retorno, pensando que, aunque no volvieran, pudieran enviarnos imágenes e información de lo que veían. Y así ocurrió desde finales de los años 70 en que fueron construidas y lanzadas. Son rudimentarias. Unas de las primeras sondas construidas por los primitivos exploradores humanos del cosmos. Pero son una obra de arte.